Jueves de la 2ª semana de Cuaresma
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: - Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: - Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. Pero Abrahán le contestó: - Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros. El rico insistió: - Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento. Abrahán le dice: - Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen. El rico contestó: - No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: - Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto. (Lucas 16,19-31). 1. “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.” Con la parábola de hoy nos habla el Señor el destino del que se deja atrapar por las riquezas y las cosas materiales y sólo se preocupa de su bienvivir y de gozar. El que así vive se hace incapaz de escuchar las llamadas de Dios. ¿Para qué necesita a Dios si lo tiene todo? En el corazón lleno de cosas no hay lugar para Dios… ¿ Cómo está nuestro corazón: hay lugar para Dios en él o está tan lleno de ambiciones terrenas, tan preocupado por el bienestar material, por vivir bien, que Dios no cabe? ¿En estos días de cuaresma estoy haciendo algo por dejar sitio a Dios? ¿De qué me pide el Señor que desocupe mi corazón? 2. “ Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico”. Las cosas materiales no sólo impiden que escuchemos a Dios, sino también que veamos al hermano necesitado. Nos hacen sordos a Dios y ciegos al hermano. Tampoco el necesitado cabe en el corazón colmado de lo material. El rico de la parábola no hace daño a Lázaro, simplemente lo ignora. Y ése es su pecado: la indiferencia, la despreocupación frente al necesitado. Tan ocupado está de gozar de sus bienes que ni se da cuenta del estado lastimoso del que está a la puerta. Y este es nuestro peligro: vivir tanto para nosotros mismos, que nos hagamos ciegos e insensibles a los males del hermano. Porque para ser rico “epulón” no necesitamos ser millonarios; no nos comparemos con los que más tienen, sino con los que apenas tienen para subsistir. Por eso, todos hemos de preguntarnos: ¿Qué “lázaros” están a la puerta de nuestra vida y ni advertimos su presencia y necesidad? Señor, danos un corazón compasivo, sensible a los sufrimientos y necesidades de nuestros hermanos. Que no nos cieguen ni cierren el corazón a ellos las preocupaciones materiales. 3. “Se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.” La parábola subraya de modo especial lo que viene después de la muerte. Muere el rico y muere el pobre. Pero los destinos son muy distintos: el pobre va al gozo de Dios, y el rico, al sufrimiento del infierno, a vivir solo consigo mismo, sin sus riquezas y sin Dios. Yo ¿en dónde estaría, si fuera uno de los protagonistas de la parábola?... El rico, consciente de su vivir equivocado, ruega a Dios que envíe a Lázaro para que ponga sobre aviso a sus hermanos, no les ocurra lo mismo. Y Dios le dice que escuchen a Moisés y a los profetas. Porque si a ellos no les hacen caso, “ ni aunque resucite un muerto harán caso ”. ¡Tánto endurece el corazón una vida dedicada a los bienes materiales y a los goces mundanos! Pronzato dice: “La fe no nace de los milagros. No es un muerto resucitado, sino la palabra de Dios que resuene en nuestros corazones, la que puede hacernos abrir el corazón, la que puede hacernos abrir los ojos.” Señor, que nosotros sí te escuchemos a ti; que escuchemos tus llamadas a la conversión, a despegar nuestros corazones de todo lo que nos impide vivir para ti y para los hermanos.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
21/02/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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