3 de enero

Paso la palabra. Para meditar cada día
3 de enero
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. Queridos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos ”.( 1Jn, 3, 1)

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel." Y Juan dio testimonio diciendo: "He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios." ( Juan 1,29-34 ).

1. De nuevo la liturgia nos recuerda la mejor noticia que podíamos desear recibir: ¡Somos hijos de Dios! A tanto ha llegado el amor del Padre. Nos lo recuerda san Juan en su carta primera: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Gracias, Padre, por este regalo. Ayúdanos a vivir como hijos tuyos: que te amemos como Jesús te amaba, que confiemos en tu amor como él, que, como él, busquemos el trato frecuente contigo en la oración. Y que con los demás seamos comprensivos como él, que los amemos aunque no nos correspondan y nos entreguemos generosamente a los más necesitados. María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros para que vivamos como hijos de Dios, amando al Padre que tanto nos ha amado.

2. En el evangelio escuchamos a Juan, proclamando presente al que ha venido anunciando: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo...” Los judíos piadosos seguramente entendieron que hablaba del Mesías que esperaban. Lo de Cordero de Dios les remitía al cordero pascual que sacrificaron los israelitas en Egipto y cuya sangre, marcando el dintel de las puertas de sus casas, salvó a sus primogénitos de ser exterminados por el ángel. Ese es Jesús: el cordero que será sacrificado en nuestro lugar –en mi lugar-, el que cargará con nuestros pecados. Para perdonarlos, arrancarlos de nuestro corazón, destruirlos y liberarnos de ellos. Anchas espaldas las tuyas, Señor, para cargar con tan pesada carga; inmenso amor el tuyo para asumir tal misión. ¿Y yo me echo atrás ante cualquier molestia que me suponga seguirte a ti? Señor, perdona tanta mezquindad y cobardía, cuando tan generoso has sido tú conmigo.

3. El Bautista da testimonio del Salvador: “Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios." ¿Podemos nosotros proclamar ante los demás lo mismo, con la contundencia de Juan? Sería maravilloso poder decir a los que nos rodean: “Yo lo he visto, lo he experimentado, y doy testimonio de que Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, porque lo ha arrancado de mi corazón y me ha librado del pecado. Yo vivía esclavizado por el egoísmo, la comodidad, la lujuria, la tacañería, la insolidaridad, la soberbia que me hacía despreciar a los demás, etc. Para mí ni Dios ni los demás contaban gran cosa. Y ahora Dios es lo más importante para mí, es mi Padre; y en Dios he descubierto a los demás como hermanos, y como a hermanos los quiero y trato. Señor, concédenos la gracia de poder decirlo un día; que seamos cada vez mejores testigos tuyos.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

03/01/2008


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •