Jueves de la 7ª semana de Pascua
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí. Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos.» (Jn 17,20-26). 1. Antes de marchar a la muerte, Jesús insiste -casi obsesivamente- pidiendo al Padre por la unidad de los suyos: “Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.” La unidad en el amor revelada en la Trinidad es el modelo que da Jesús para su comunidad: “como tú, Padre, en mí, y yo en ti.” Así de unidos hemos de estar. Pero ¡qué lejos estamos de ese amor y unidad! ¡Con qué facilidad los rompemos en nuestros ambientes, comunidades cristianas, sociedad y hasta en las familias…! Hoy, meditando el deseo de Jesús, preguntémonos qué impide vivir la unidad con los que conviven con nosotros y con las personas que nos tratan. Para vivirla, ¿a qué tendríamos que renunciar? Señor Jesús, dame un corazón humilde y dialogante, que busque vivir en comunión con todos. Ayúdame a vaciarme de de mis egoísmos, intereses y orgullos, que tanto estorban y rompen la unidad. Y si no vivimos unidos, ¿cómo van a creer que tú eres el enviado del Padre? De los primeros cristianos la gente comentaba: “Mirad como se aman”… ¡Qué bueno si lo pudieran decir de nosotros hoy! Se unirían a nosotros muchos, como muchos se unían al grupo de la primitiva comunidad. 2. Jesús se va y quiere llevarnos a los suyos con él. Su dicha es que los suyos estemos con él y que contemplemos la gloria que el Padre le ha preparado: “Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo”. Jesús no quiere estar solo, sin nosotros. Como si su gloria no fuera completa sin los suyos. Por eso pide al Padre que los que el Padre le confió estemos con él. Gracias, Señor, por tu amor. Yo también te amo y quiero estar contigo. Y deseo y espero vivamente contemplar un día la gloria que el Padre te ha dado, no por mis méritos, sino porque sé que el Padre también me ama, aun cuando soy débil y pecador. 3. “Padre justo…les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos.” Gracias, Señor Jesús, por habernos dado a conocer al Padre y todo el amor que el Padre nos tiene. Gracias por pedirle que su amor esté con nosotros como vas a estar tú. Y porque lo sigues pidiendo en el cielo. Envíanos el Espíritu Santo, Señor, pues la tarea que nos encomendaste está muy inacabada: la unidad entre los tuyos está inconclusa y es quebradiza. En tu nombre a veces nos dividimos. Con el mismo Evangelio en las manos, nos empeñamos en caminar por caminos distintos… Las dificultades para seguirte y construir tu Reino son muchas. Tu obra no podemos completarla solos. Es preciso, Señor, que el Espíritu trabaje con nosotros. Sin el Espíritu Santo, ¿qué podremos hacer?
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
16/05/2013
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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