Miércoles de la 3ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: -Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno. Y añadió: El que tenga oídos para oír, que oiga. Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo: - A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen. Y añadió: ¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno. (Marcos 4, 1-20) 1. Para pertenecer a la nueva familia de Cristo, hay que escuchar la Palabra y ponerla en práctica. Nosotros ¿cómo acogemos la Palabra?, ¿está dando fruto o no? Porque el sembrador siembra el mensaje, pero la calidad de los terrenos donde cae es distinta y muy distinto el resultado. Hay semilla que cae en el camino -terreno duro-, donde ni llega a echar raíces. Y es que a veces el corazón del hombre puede endurecerse tanto que se hace incapaz de acoger la Palabra de Dios, que es palabra de amor, de esperanza, de cambio. Se oye, pero ni caso… Señor, me produce escalofríos pensar que yo pueda llegar a este endurecimiento. Te ruego por las personas que se encuentren en esta situación de dureza ante tu Palabra de salvación… Otra semilla cae en terreno pedregoso, donde la tierra es escasa, y, aunque brota, el sol la seca pronto. Aquí, Señor, a veces sí he estado de lleno. Escucho tu Palabra: una homilía, unos ejercicios espirituales, una convivencia. Me lleno de entusiasmo. Y comienzo: más vida de oración, más entrega y servicio a los demás, más fidelidad a mis obligaciones, etc. Pero llega la dificultad, el ambiente que no acompaña, la rutina…, y el entusiasmo se marchita y muere. 2. También hay semilla que cae entre zarzas. Comienza a brotar, pero las zarzas crecen más, la ahogan e impiden que la semilla dé fruto. ¿No ha ocurrido a veces también esto en nosotros? De pronto decimos que sí a la Palabra. Pero las preocupaciones de la vida pueden más y la ahogan y queda sin fruto. Escribe Martín Descalzo: “la palabra de Dios sólo crece en la alta soledad de quienes han sabido limpiar su alma de sucias adherencias”. ¿Qué zarzas tengo que arrancar de mi corazón, Señor, de qué sucias adherencias necesito limpiarlo para que tu Palabra crezca y dé fruto? Señor, ¡cambia este corazón inconstante! Dame más firmeza en mis propósitos, más perseverancia ante la dificultad... 3. Finalmente, está la tierra buena. Es el corazón abierto, que acoge la palabra y en él arraiga y crece y da fruto. En unos más, en otros menos, pero da fruto: la siembra –la predicación- nunca se frustra totalmente, al menos algunos sí acogen la Palabra y la viven y la encarnan en su vida. Señor, yo quiero ser de éstos; quiero ser tierra buena, donde tu Palabra dé fruto. Como lo fue tu Madre, María, y Francisco de Asís, de quien dice san Buenaventura, su biógrafo, que era “un oyente no sordo del evangelio”, y tantos otros. Señor, no te canses, sigue sembrando tu semilla en mi corazón hasta que dé fruto.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
30/01/2013
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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