Jueves de la 33ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
“En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: "¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida." (Lucas 19,41-44). 1. Después de una larga peregrinación desde Galilea, Jesús avista a Jerusalén, que se le muestra en todo su esplendor, y, su corazón no se llena de gozo y entona un canto de alegría como acostumbraban los peregrinos, sino que llora por la ciudad que ama, porque sabe que pronto será destruida, hasta no quedar “piedra sobre piedra”. Pero, sobre todo, llora por sus gentes. Se lamenta Jesús: "¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!” Pero “no reconocieron el momento de su venida.” El Mesías está entre ellos, ha mostrado “signos” salvadores que revelan que es el Enviado del Padre, que trae la Paz. Les ha llamado reiteradamente a la conversión, pero ellos, duros de corazón, no quieren escucharle ni reconocerle como salvador. Ciegos, se niegan a ver su gran oportunidad, la visita decisiva de la misericordia de Dios… Tu llanto, Señor, brota del desencanto ante tanta ingratitud. Tú lo has hecho todo para impedir que caigan en el precipicio, y ves que caminan decididamente hacia él. Los Jefes conspiran contra ti y dentro de unos días te entregarán para ser juzgado, condenado y clavado en la cruz. Esta es, Señor, la tristeza que te hace llorar. 2. La incredulidad de Jerusalén es símbolo de todas las incredulidades. Tal vez nos sorprenda la ingratitud, dureza y ceguera de corazón de aquellas gentes de Jerusalén; pero ¿no hemos sido nosotros muchas veces tan ingratos, duros y ciegos? ¡Cuántas veces nos hemos negado a escuchar sus llamadas a la conversión y a aceptarle como el Salvador, como el que podía llenar nuestro corazón inquieto e insatisfecho de la paz, del amor que andamos buscando! Pero hemos preferido seguir con nuestros egoísmos y orgullos, en la búsqueda hedonista de placeres pasajeros, de efímeros triunfos mundanos…, nada de lo cual nos ha satisfecho nunca en plenitud. Señor, ¡qué cierto lo de aquel gran buscador y degustador de placeres y triunfos humanos, que fue san Agustín: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti!” ¡Perdóname, Señor, tanta ingratitud y tánto llanto como te he ocasionado con ella! 3. Jerusalén se negó a aceptar el mensaje de salvación de Jesús. Su rechazo fue el inicio de su perdición: comienza su caminar hacia la destrucción de sus muros y edificios y habitantes. Porque, Señor, tú respetas la libertad del hombre. Tú nos llamas pero no nos obligas. Diríamos que prefieres llorar de impotencia antes que privarnos de la libertad. Sin embargo, hoy, Señor, me atrevo a pedirte que te plantes en medio de mi camino y me impidas continuar por la senda de la ingratitud y el desprecio de tu gracia, que es camino de perdición. Señor, que sepa “reconocer el momento de tu visita.” Que no deje escapar tantas oportunidades que me das de abrirte las puertas de mi corazón. Que no siga defraudándote. ¡Que hoy, Señor, por fin, escuche tu voz y no endurezca mi corazón!
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
22/11/2012
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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