Sábado de la 28ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado de la 28ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios.  Al que hable contra el Hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir.» (Lucas 12, 8-12).

1. Ayer el Señor nos animaba a dar testimonio de él valientemente, sin temer la persecución. Hoy nos recuerda que, en esta vida, vamos construyendo nuestro destino final, -dichoso o infeliz- según demos, ante el mundo, testimonio o no de Cristo y su evangelio. De reconocer o negar a Jesús depende nuestra salvación: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios.” En el juicio de Dios, Cristo será el abogado de los que hayan dado testimonio de él ante los hombres. Y si Jesús se pone de nuestra parte ante el Padre, ¿qué podemos temer? Sin embargo, el que, por miedo,  niegue a Jesús, es decir, no lo confiese ante los demás, él mismo se condena: “si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios”. Esto es lo que hemos de temer: por cobardía, vivir nuestra fe de una manera vergonzante, sin atrevernos a dar la cara abiertamente por Cristo ni vivir los valores del evangelio. Señor, no permitas que te neguemos nunca ante los hombres, para que tú no tengas que negarnos ante el Padre.

2. Desgraciadamente, en nuestra sociedad, Cristo y su  evangelio no son muy aceptados. Por eso, no debe sorprendernos que nosotros, los de Cristo, tampoco seamos bien vistos. Probablemente, nunca seamos llevados ante ningún tribunal ni seamos condenados por ser cristianos (como lo fueron, en otros tiempos, los Apóstoles y tantos cristianos, y lo son aun hoy bastantes en algunos países);  pero sí nos vemos, con frecuencia, sometidos a la crítica y al desprecio de esta sociedad cada vez más alejada de Cristo y de los  criterios del evangelio. Quien se confiesa cristiano e intenta vivir coherentemente con su fe y su amor al Señor, frecuentemente es atacado, rechazado y despreciado. Pero no hemos de acobardarnos, porque el Señor nos promete que el Espíritu Santo estará con nosotros: «El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir.” Y con la fuerza y la luz del  Espíritu Santo, podremos dar testimonio de Jesús. Señor, que en los momentos de debilidad y desánimo, recuerde esta promesa tuya y ore confiadamente,  para que el Espíritu venga en mi  ayuda y en la de todos los perseguidos por ti y tu Reino.

3. Sorprende oír a Jesús hablar de “no-perdón”, a él que era el perdón y la misma misericordia!: “al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará”, dice. Ciertamente, Dios está siempre dispuesto a perdonar; pero ¿cómo perdonará al que no quiere ser perdonado, al que no se arrepiente y se abre a su gracia? Era lo que ocurría con los fariseos y escribas. ¡Tan buenos se creían que despreciaban las llamadas a la conversión que les hacía Jesús, el Enviado del Padre! Dios deseaba perdonarlos, pero ellos rechazaban la misericordia que les ofrecía. En su orgullo, pensaban que no necesitaban ni la misericordia ni el perdón de Dios… Yo, Señor, sí quiero aceptar tu perdón. Yo sí necesito tu misericordia, porque soy pecador,  porque he traicionado tu amor muchas veces. Soy débil pero tú sabes que te quiero, Señor, perdóname. Cambia mi corazón, haz fuerte mi debilidad. María, Madre nuestra, refugio de los pecadores, ruega por nosotros.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

20/10/2012


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •