18 de octubre – San Lucas, Evangelista
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: "La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: "Paz en esta casa". Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: "Está cerca de vosotros el Reino de Dios."( Lucas 10:1-9). 1. El Señor designa a setenta y dos, y los envía por delante de él. Nosotros, los cristianos de hoy, también hemos sido designados por el Señor para que le ayudemos en la implantación del reino de Dios. Y también nos muestra la mies que hoy espera braceros, y nos dice: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino!” Desgraciadamente, aun hay cristianos que piensan que la evangelización es cosa de sacerdotes y algún laico con vocación especial. Y no, es de todos los bautizados. Las palabras de Cristo son dichas para todos los que formamos la Iglesia. Decía Juan Pablo II: “Quien ha conocido la alegría del encuentro con Cristo no puede tenerla encerrada dentro de sí, debe irradiarla.” ¿La irradiamos nosotros o sólo la guardamos? Señor, que cada día escuche en mi corazón tu voz: “La mies es abundante... Ponte en camino.” Y que me ponga en camino. 2. El vigor de la fe del cristiano se muestra en su ardor misionero. San J. Crisóstomo decía: “Nada hay más frío que un cristiano despreocupado de la salvación ajena”. Y J. A. Pagola dice: “Un verdadero creyente es un hombre que sabe irradiar aunque sea de manera modesta y humilde la fe y la esperanza que animan su vida.” El Señor nos ha dado la fe para entregarla. No podemos guardar ese tesoro que nos hace tan felices, sin compartirlo con los demás. No es justo. Los demás tienen derecho a él. Javier Gafo escribió: “Todo ser humano tiene derecho a recibir un mensaje que, a lo largo de tantos siglos, ha llevado a tantos hombres y mujeres a vivir de una forma tan distinta, tan bella y tan generosa.” Hoy, Señor, te ruego que envíes obreros a tu mies. ¡Cuántos hacen falta! Pero también, Señor, que los cristianos de toda la vida hoy tomemos conciencia de que a nuestro lado hay muchos que necesitan y esperan el anuncio de tu amor. Y no podemos dejarlos esperando. 3. Esto nos lo recuerda el Señor hoy, fiesta de san Lucas, evangelista. Él ni siquiera era judío, era pagano. Pero, cuando –a través de la predicación de san Pablo- el mensaje de Jesús llamó a su puerta, lo acogió generosamente. Y no lo guardó para sí, lo entregó: primero, predicándolo con la palabra, junto a san Pablo, y después, recogiéndolo por escrito en sus dos libros: el Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles. Gracias, Señor, por el ejemplo del evangelista Lucas. Gracias por el regalo de su evangelio. ¡Qué bien nos ha transmitido, Señor, la bondad y la misericordia de tu corazón para con los marginados de tu tiempo: los que no contaban, los pobres, los pecadores, los niños, las mujeres! ¡Y qué tiernamente nos ha descrito, Señor Jesús, tu infancia y tu vida junto a José y María! Lucas, Señor, no te defraudó: él cumplió la misión que le encomendaste y te fue fiel hasta el martirio. Que nosotros te seamos también fieles. Santa María, Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
18/10/2012
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