Domingo 28º del Tiempo Ordinario (B)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 28º del Tiempo Ordinario (B)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: - Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: - ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. Él replicó: - Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: - Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: - ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: - Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios. Ellos se espantaron y comentaban: - Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús se les quedó mirando y les dijo: - Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo. (Marcos 10,17-30)

1.      Un hombre llegó corriendo y de rodillas preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna. Jesús le remite al camino que todo judío conocía, los mandamientos:     ”no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Pero a aquél esto no le bastaba,  él aspiraba a algo más, y dice que esto lo viene cumpliendo desde niño. Y ante esta disposición generosa, Jesús le mira con cariño. “He aquí –pensaría- un hombre que no se contenta con ser “bueno”, con cumplir los mandamientos, y aspira a algo más.” Entonces le dice: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.” Es decir, da un paso más en la generosidad y llega a la entrega total a Dios y al prójimo. Aquí, la decepción de Jesús fue grande, pues al escuchar su exigencia, la tristeza se metió en el corazón de aquel joven, “y se marchó pesaroso, porque era muy rico”. ¡Qué pena, Señor! Pudo empezar a construir una vida nueva, una vida plena de sentido, y tuvo miedo. Se marchó para seguir con sus riquezas, y con el bienestar que ellas le proporcionaban. Es decir, no pudo quedarse con Jesús, porque no tuvo el valor de quedarse sin sus muchas riquezas, como dice J. J. Bartolomé. ¡Qué gran necedad, Señor! Entre ti, que le ofreces la vida eterna, y las riquezas que le dan sólo momentos de felicidad pasajera, se quedó con la riquezas.

2.      Tal vez, al meditar este pasaje, sentimos pena de aquel “pobre” hombre que era muy rico. Y pensamos: ¡Qué mezquino fue!... Pero hemos de preguntarnos si cada uno de nosotros no somos ése que, al escuchar las exigencias del Señor, ha tenido miedo y se ha echado atrás y se ha ido triste. Aquél se marchó pesaroso porque era muy rico. Pudieron más sus riquezas que su generosidad. Y a nosotros, ¿qué  es lo que nos retiene, esclaviza y hace que nos marchemos? ¿Cuáles son “nuestras riquezas”, es decir, eso a lo que no nos atrevemos a renunciar? Señor, que hoy comprenda que el Reino de Dios  no es cuestión de cumplimientos sólo, sino de amor, de generosidad, de entrega. Y que escuche tu invitación, sin miedos ni cobardías. Que sea capaz de “vender” eso que me pides.

3.      Ante la retirada cobarde del joven, Jesús habló a los discípulos de lo difícil que es que el rico entre en el Reino de los cielos. “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”. Al oírlo, los discípulos quedaron tan desconcertados, que comentaban que, siendo así las cosas, pocos podrán salvarse. Tal vez nosotros pensemos que no es mucho lo que tenemos. Pero con mucho o con poco se puede ser “rico,” porque ¡hay tántas cosas a las que puede uno apegar el corazón! Al rico le acontece que hace de la riqueza su dios, y en ese dios pone su confianza. Por eso, como dice Juan Antº Pagola, “no es una suerte tener dinero sino un verdadero problema. Pues el dinero nos cierra el paso y nos impide seguir el verdadero camino hacia la vida.” Y yo, Señor, ¿de qué tengo lleno mi corazón, qué es lo que busco ante todo y sobre todo,  qué  me cierra el paso y me impide seguir el camino de la vida? Señor, que tú seas para mí mi único Dios y Señor. Que sólo en ti ponga mi confianza y seguridad, y no en las cosas y en lo que las cosas me pueden dar.      

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

14/10/2012


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