Domingo 24º del Tiempo Ordinario (B)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 24º del Tiempo Ordinario (B)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entones Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.» (Marcos 8, 27-35).

1. Jesús preguntas a los discípulos quién dice la gente que es él. Ellos le cuentan lo que han escuchado a la gente: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Pero, a renglón seguido, Jesús pregunta a los discípulos, ellos que han sido testigos privilegiados de su predicación y de sus hechos, qué piensan:  “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Pedro, siempre tan impetuoso, le responde: “Tú eres el Mesías. “ También a mí me preguntas, Señor, quién eres para mí. Desde niño he aprendido que tú eres el Mesías, el Salvador. Y ésta es la respuesta que me brota espontáneamente. Pero hoy me pregunto si, en verdad, eres ése para mí. Y he de confesar, Señor, -con rubor y dolor-  que a veces he creído y confiado más en otros “salvadores” y en otros “mesías”, que en ti. Bien lo sabes tú, Señor. Perdóname.

2. Pedro ha contestado con firmeza que Jesús es el Mesías.  ¿Pero qué “mesías”? Porque, aunque todos esperaban al Mesías,  no todos tenían la misma imagen de Me-sías.  Sí  había algo en lo que todos coincidía: el Mesías sería el liberador político del yugo romano; pero Jesús rompe esta imagen: el Mesías no será el guerrero poderoso que viene a librar al pueblo del dominio extranjero, sino el que « tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.»  Al bueno de Pedro esto le parece algo intolerable y pretende apartar a Jesús de ese camino: “Eso no puede sucederte a ti”. Y es que para Pedro –muy contagiado de la mentalidad mesiánica de su tiempo - el camino del Mesías debe ser de gloria, de poder y de triunfos, y lo dicho por Jesús no encaja en esa idea de Mesías…  Pedro somos todos, cuando pretendemos enmendarle la plana a Dios y tratamos de decirle cómo deben ser las cosas: vivir el evangelio pero sin exagerar, suavizándolo, limándole las aristas que hieren y “escandalizan” a esta sociedad… A Pedro, Señor, lo apartas diciéndole: « ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» ¿No me puedes decir a mí lo mismo? ¡Qué lejos me veo de la mentalidad de Dios, y qué cerca de la mentalidad de este mundo!  Señor, ayúdame a  doblar la cerviz ante tu voluntad y someterme a tu  lógica… Es la única que lleva entrar en tu  Reino mesiánico, a la Resurrección.

3. Jesús no sólo se muestra dispuesto a seguir su camino de cruz, sino que declara que éste ha de ser también el de los discípulos: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”, porque “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.” Y no es que al discípulo  se le nieguen las alegrías y los goces de la vida; el  cristianismo no busca neuróticamente el dolor por el dolor y la cruz por la cruz.  Pero seguir a Cristo supondrá renunciar a todo aquello que estorbe el seguimiento a Jesús por su camino de entrega y aceptación de la voluntad del Padre. Paul Claudel dice que Cristo “no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera a explicarlo. Ha venido a llenarlo de su presencia.” Por eso, Señor, aunque el camino que nos propones repugne a nuestro egoísmo y orgullo y tendencia a la vida cómoda, queremos arriesgarnos a recorrerlo. Sabemos que tú, Señor, estarás con nosotros, haciéndonos fuertes.  Ibn Arabi escribió que “el que ha quedado atrapado por la enfermedad que se llama Jesús, no puede curarse.” Señor, que nos contagiemos de esa enfermedad que eres tú. Entonces sí nos iremos contigo, por más que nos asuste el camino.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

16/09/2012


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