15 de septiembre – Nª Sª de los Dolores
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: -«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo: -«Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. (Juan 19, 25-27). 1. Celebramos hoy la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. María, en el momento de la anunciación, dijo Sí a Dios. Y toda su vida ha sido vivir ese Sí. No ha sido fácil su vida. Pero ella ha sido fiel y en todos los momentos ha dado a Dios la misma respuesta: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.” Y hoy, al final de la vida de su Hijo, la contemplamos ahí, al pie de la cruz, en la que muere su Hijo. Está en silencio, rota por el dolor, amando a su Hijo y ofreciéndolo al Padre; y, en esos momentos de oscuridad, repitiendo en su corazón: “Sí“, “aquí está la esclava del Señor”, “hágase…” Madre, al contemplarte hoy ahí, quiero dejarme penetrar de esa actitud tuya de aceptación y entrega. Que aprenda a decir siempre, como tú: “sí”, “hágase,” también en los momentos amargos y oscuridad. 2. ¡Qué dolor -añadido a su dolor de crucificado- el de Jesús, al mirar a María ahí, al pie de la cruz! Ver a su Madre querida, rota de sufrimiento, bebiendo el mismo cáliz amargo que él, apurándolo hasta las heces, amando a los hombres por los que él moría y uniendo su dolor al dolor redentor de Jesús. El, el Redentor; ella, la Corredentora... Pero también, en medio del dolor, qué consuelo acompañar al Hijo que tanto quiere. Ella ha estado siempre con él, aunque a veces no entendiera su misterio. ¿Cómo iba a abandonarle ahora?... Madre, gracias, por tu fidelidad. Gracias por tu dolor, gracias por tu amor. Ruega a tu Hijo para que nada ni nadie haga que yo le abandone 3. La mirada de la Madre y la del Hijo se cruzarían muchas veces en aquellas largas horas de dolor y angustia. Con la mirada se dirían su dolor y su amor. Y en un momento, Jesús mira a María y la ve sola… Y mira a Juan, y lo ve también solo y desamparado. Y fue cuando dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y después, a Juan: “Ahí tienes a tu madre.” Y en Juan, el moribundo Jesús veía a la nueva comunidad nacida en torno a Jesús, a todos los discípulos de Jesús de todos los tiempos. Por eso, ahí, al pie de la cruz, María se convirtió en Madre de la Iglesia, y nosotros, los miembros de la Iglesia, en hijos suyos. El evangelio dice: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.” Yo, contemplándote al pie de la cruz, María, quiero recibirte también en mi “casa”, en mi corazón, en mi vida, como mi Madre querida. Sí, María, yo quiero que seas mi Madre, quiero amarte como a mi Madre buena. Recíbeme como hijo tuyo. Un hijo díscolo a veces, pero que te ama entrañablemente. Mírame, María, con los ojos de cariño con que mirabas a Jesús y enséñame a ser buen hijo tuyo, como lo fue él. En la Pietà de Miguel Ángel, apareces, Madre, muy joven, más joven que tu mismo hijo. Cuentan que cuando preguntaron al escultor la razón de haber esculpido tu rostro tan joven, el escultor contestó: “Las personas apasionadas por Dios no envejecen nunca”. ¡Así has sido tú, Madre: Apasionada por Dios! Y así quiero ser yo, Madre: “apasionado por Dios.” Ruega por mí.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
15/09/2012
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