Sábado de la 18ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado de la 18ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: -«Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.» Jesús contestó:-«¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.» Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte:-«¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?»Les contestó:- «Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.» (Mateo 17, 14-20).

1.      Aquel padre pidió al Señor que tuviera compasión de su hijo enfermo. Se trata de un caso de epilepsia, enfermedad que en aquellos tiempos se atribuía a fuerzas malignas, a Satanás: «Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques… Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.” Y es que el buen hombre, como si no quisiera molestar a Jesús, acudió primero a los discípulos, y éstos no han podido curar a su hijo. Para el evangelista este joven es símbolo de los que se resisten a la gracia, a creer en el poder de Cristo. Y el Señor se lamenta de la falta de fe de aquella gente: “¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?” Señor, me conmueve la decepción que experimentas por la falta de fe de aquéllos: lo estás dando todo, estás curando a los enfermos que te llevan, y ellos no terminan de creer en tu amor. ¿Y yo? ¡Cuántas veces tu corazón ha experimentado el mismo desencanto, porque no he respondido a tus gracias y llamadas!  Señor, reconozco que puedes dirigirme a mí el mismo reproche que a aquella gente: “Hasta cuándo tendré que soportarte.” Perdóname, Señor.

2.      Jesús, después de reprender a la gente incrédula, pide que le traigan al muchacho y lo cura, expulsando al demonio. Entonces los discípulos, como sorprendidos, le preguntan: « ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?» Les contestó:- «Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.” Los discípulos creían, pero su fe era débil aún; dudaban y desconfiaban de poder expulsar los demonios como les había encomendado Jesús. Y, efectivamente, con sus solas capacidades humanas no han podido vencer las fuerzas malignas que dominaban a aquel muchacho. Señor, también yo a veces desconfío y dudo. En mi vida y en mi corazón hay “demonios” que tengo que expulsar; pero a veces pienso que es algo que supera mis fuerzas. Por eso fracaso en la lucha contra el mal. Hoy me recuerdas que por mí mismo no puedo, pero si creyera en ti, si tuviera una fe firme y viva, aunque sólo fuera como un grano de mostaza, sí podría arrancar de mi corazón y de mi vida y de mi ambiente la montaña del egoísmo individualista, de la insolidaridad, de los rencores, del orgullo, etc. Aumenta mi fe, Señor. Que luche apoyado en ti, que con tu poder lo podré todo.

3.      ¿No nos pasa a veces  que miramos nuestra vida cristiana y nos asusta ver que pasan los años, y sigue estéril, vacía, sin frutos? En nuestro corazón sigue el orgullo, la tendencia a juzgar y condenar a los demás fácilmente, la tacañería, etc., y no logro  arrancarlos definitivamente. Algo parecido cuenta san Agustín que le pasaba a él: él luchaba y luchaba contra algunos pecados que le tenían esclavizado y no lograba vencerlos. Hasta que un día, considerando el ejemplo de san Antonio Abad y sus monjes, pensó: “Lo que éstos pueden, ¿no lo pueden por las fuerzas que les ha comunicado el Espíritu? Pues arrójate en sus brazos y te sanará de todos tus males.” Es lo que quiero hacer yo, Señor. Soy débil. No puedo arrojar de mi corazón esos “espíritus malos” contra los que lucho. Pero me arrojaré en los brazos del Espíritu Santo y con su fuerza sí venceré, y mi vida se llenará de frutos, de sentido y de gozo de vivir.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

11/08/2012


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •