Jueves de la 18ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Jueves de la 18ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo. Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los Cielos. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. Desde entonces comenzó Jesús a explicar a sus discípulos que él tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte. Jesús se volvió  y dijo a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios. (Mateo 16, 13-23).

1. Jesús lleva ya tiempo predicando. Le han oído en muchos pueblos y aldeas. Y parece que quiere saber qué idea se ha formado de él la gente. Pregunta a los discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” Ellos le responden que la gente piensa que es un personaje importante, pero no tienen las cosas claras: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.” Es decir, ven en Jesús un enviado de Dios como los del Antiguo Testamento, pero no llegan a captar su condición única de Enviado de Dios, el Mesías. Es lo que ocurre a muchos hoy, Señor. Reconocen en ti un personaje extraordinario, el que ha dejado las huellas más profundas en esta tierra. Pero ahí se quedan. No llegan a dar el salto a la fe, a confesarte como su Dios y Señor. Ilumínales, Señor, que descubran quién eres tú en toda tu verdad.

2. Jesús, sin embargo, no quería que los suyos se quedaran donde la gente. Quiere que reafirmen su fe en él como Mesías. Y  pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.  Hoy a nosotros nos hace la misma pregunta el Señor. Cuando a muchos cristianos nos preguntan quién es Cristo para nosotros, la respuesta suele ser más o menos ésta: Cristo es el Hijo de Dios, el Señor, el que ha dado su vida por amor al hombre, el mejor amigo, el que nunca traiciona, el único que puede llenar nuestras vidas de sentido… Pero si nos lo pregunta el mismo Señor, ¿nos atrevemos a decir lo mismo? Y si lo decimos, ¿diremos la verdad? Porque una cosa es pensarlo y decirlo, y otra vivirlo… Señor Jesús, que viva lo que confieso de ti. Entonces, cuando hable de ti, no haré “propaganda” sólo, no recitaré una lección aprendida, sino que proclamaré lo que vivo,  lo que llena de sentido mi vida.

3. Pedro, impetuoso como siempre, se hace portavoz del grupo y confiesa: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo felicita: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los Cielos… Te daré las llaves del Reino de los Cielos”. Pero, cuando Jesús les a explica que él, el Mesías, sube a Jerusalén donde va a padecer y ser ejecutado y resucitar al tercer día, Pedro se rebela y quiere apartarlo  de ese camino, que no es digno del Mesías: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”. Jesús entonces lo rechaza con fuerza: “¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.” Antes Jesús  lo ha alabado porque miraba las cosas con los ojos de Dios, pero ahora comprueba que Pedro sigue mirándolas con ojos de hombre, y ello lo convierte en un estorbo para el camino de Jesús. A Pedro le cuesta aceptar un Mesías sufriente, humillado, que va a ser ejecutado; él quiere un Mesías triunfador, atrayente., avasallador... ¿No buscamos también nosotros un Cristo y un evangelio más atrayentes para el mundo…?  ¡Como si fuera posible un Cristo, un cristianismo y un evangelio “a la carta”, sin sacrificio, sin renuncia, sin humillación, sin cruz! A Pedro, Señor, le reprochaste: «¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Y a mí ¿qué me dices?  Señor, que cambie este modo de pensar tan mundano, y que me deje guiar por la lógica de Dios, que es la única que lleva a la Resurrección.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

09/08/2012


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