Domingo 11º del Tiempo Ordinario (B)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 11º del Tiempo Ordinario (B)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega."  Dijo también: "¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas." Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. (Marcos 4,26-34)

1.      El sembrador siembra en la esperanza de que la semilla dará fruto. Sabe que si riega la semilla y la cuida debidamente, ésta alberga en sí una fuerza que la hará crecer y desarrollarse hasta ser espiga y dar fruto. Por eso, siembra y espera. Lo mismo ocurre con el grano de mostaza. Es una semilla mínima de la que no parece que se puede esperar mucho, pero el labrador la siembra, esperando que lo que es pequeño crecerá y llegará a convertirse en arbusto. Así dice el Señor que es el reino de Dios. En apariencia los comienzos son insignificantes: Jesús sólo predica, y no propicia ningún asalto al poder para establecer de manera inmediata el reino de Dios. Pero la fuerza del reino se irá abriendo camino, irá creciendo, y el evangelio llegará a todas partes. También, fuera de Israel. Y calladamente su fuerza transformadora irá cambiando a los que lo acojan. Esta es la esperanza que quiere meter en el corazón de los que le escuchaban, que tal vez se impacientaban, porque la implantación del reino no era tan rápida y triunfal como esperaban. La semilla está sembrada; el reino de Dios encontrará dificultades, pero, calladamente, lentamente, irá creciendo. Hay que saber esperar, como espera el labrador.

2.      Esta palabra del Señor quiere poner también esperanza en nuestro corazón. ¡Cuántas veces el desánimo se apodera de nosotros! Escuchamos la llamada del Señor a la conversión, a amar más, a perdonar sin medida, a servir más… y pensamos que eso no es para nosotros, porque –por más que lo intentamos- no logramos romper con tanta atadura que nos sujeta y nos impide volar;  miramos a los santos: a Agustín, a Francisco de Asís, a Teresa de Jesús, a Ignacio de Loyola…, y vemos cómo desde el pecado o la vulgaridad espiritual, se remontaron a la santidad más alta, y pensamos que no somos de esa  pasta. ¡Lo hemos intentado tantas veces sin apenas resultado!... Y es que olvidamos, necios de nosotros,  que no es cuestión nuestra, sino de Dios, que el protagonista es él. Lo nuestro es acoger su Palabra, ser tierra buena, desbrozar el corazón de lo que pueda ahogar la semilla, regarla con la oración y los sacramentos y exponernos frecuentemente al sol del amor Dios. Y después, esperar pacientemente que la semilla germine y crezca y se vaya posesionando de nosotros, hasta hacernos hombres nuevos. Crecerá lentamente, pero crecerá. Señor, tú tienes paciencia. Que la tenga también yo. Que crea y confíe que el Espíritu Santo obra calladamente, pero realizará su obra transformadora en mí.

3.      Si nuestro desánimo es grande al no ver resultados prontos en nuestra vida,  no es menor la desesperanza y el desaliento que podemos sentir, como apóstoles y sembradores de la Palabra de Dios. ¡Cuántos padres, catequistas, militantes de movimientos, incluso sacerdotes, experimentan  la desilusión al ver el poco fruto de su trabajo apostólico! ¡Y es que no confiamos en la fuerza del evangelio! Juan Pablo II decía: "A nosotros no se nos pide el éxito sino la fidelidad". Señor, que nunca nos desanimemos. Que sigamos sembrando, con la esperanza firme de que tu semilla crecerá y dará fruto. ¿Cuándo? Sólo tú lo sabes. A nosotros nos pides que hagamos lo nuestro. Y hecho esto, que confiemos en ti y esperemos.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

17/06/2012


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