Lunes de la 3ª semana de Pascua

Paso la palabra. Para meditar cada día
Lunes de la 3ª semana de Pascua
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago, notó que allí no había habido más que una lancha y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos. Entretanto, unas lanchas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan (sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias). Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: - Maestro, ¿cuándo has venido aquí? Jesús les contestó: - Os lo aseguro: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios. Ellos le preguntaron: - ¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? Respondió Jesús: - Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado . ( Juan 6,22-29)

  1. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús se aleja. Al día siguiente, la gente, que ha comido hasta saciarse sin esfuerzo alguno, lo busca entusiasmada. Pero Jesús no se deja engañar y desenmascara la motivación egoísta e interesada por la que lo buscan: “Os lo aseguro: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.” No le buscan porque han comprendido el “signo” y han descubierto que Jesús es el Mesías salvador y con él se ha iniciado un reino de hermanos que comporten, sino por el pan material que les ha dado milagrosamente y porque piensan que, del mismo modo, puede solucionarles los demás problemas materiales. ¿No merecemos nosotros el mismo reproche muchas veces? ¿Por qué buscamos a Jesús, porqué acudimos a él? ¿Le buscamos a él, buscamos su amor, o buscamos las cosas -generalmente materiales- que esperamos que nos dé: salud, suerte, trabajo, que nos solucione los problemas, etc.? Señor, que te busquemos a ti y sólo a ti. Y que te busquemos para “servirte” y no, para “servirnos” de ti. O como decía la santa de Ávila: que no busquemos los consuelos de Dios, sino al Dios de los consuelos.
  1. “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.” Esta es la dirección en que debemos buscar: no por el “pan material” que sólo alimenta esta vida material que se acaba, sino el Pan del Reino que alimenta la Vida que no termina, la vida de Dios en nosotros, que es lo que el Hijo del Hombre nos trae y da. Es, en realidad, la vida que andamos hambreando, aunque a veces ni seamos conscientes. Fuera de Dios, nada puede satisfacernos plenamente. ¿No lo hemos experimentado muchas veces? Todo lo que no sea Dios ¿no nos ha dejado siempre el corazón insatisfecho? Lo dijo san Agustín, que tenía experiencia en esto: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti.”
  1. “¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? Respondió Jesús: - Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado”. Lo que Dios espera de nosotros no son muchas devociones, muchos rezos y misas, etc. La obra que Dios espera de nosotros es la fe, que creamos en Cristo, “en el que el Padre ha enviado”; que le aceptemos como Señor y Salvador de nuestra vida, como el único que puede y basta para llenarla de sentido. Y para ello, necesitamos escucharle, acoger su Palabra, meditarla en el corazón, como María, y orar, orar mucho, para que nos salga al encuentro y nos cambie el corazón... Entonces será cuando sintamos la necesidad de amar gratuitamente y de vivir entregándonos y sirviendo a los demás, como lo hizo él.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

07/04/2008


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