Viernes de la Octava de Pascua
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: - Me voy a pescar. Ellos contestan: - Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: - Muchachos, ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: - No. Él les dice: - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: - Es el Señor. Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: - Traed de los peces que acabáis de coger. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: - Vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos . ( Juan 21, 1-14). Los discípulos han vuelto a Galilea, a su antigua tarea de pescadores. En ella estaban cuando les llamó Jesús. Durante toda la noche han estado intentando pescar, pero no han conseguido nada. Amaneciendo, Jesús se les hace presente en la orilla, aunque no le reconocen, y les dice: “Muchachos, ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: - No...” A pesar del esfuerzo hecho, no han conseguido nada, y no tienen nada que ofrecer al Señor. Han trabajado en la noche, sin Jesús, sin el que es la luz del mudo. ¡Cuántas veces, a la hora de trabajar por ti y por tu Reino, nos pasa a nosotros lo mismo, Señor! Por más que lo intentamos, no conseguimos nada. Siempre nos encontramos con las manos vacías, sin nada que ofrecerte a ti ni a los demás. Y el desánimo se apodera de nosotros: ¿para qué continuar luchando? Por más que me esfuerzo, todo sigue igual: con los mismos egoísmos, los mismo defectos, las mismas caídas, las mismas desganas… y ¡el mismo ambiente!
Jesús les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces…” Ellos eran pescadores experimentados. Conocían el oficio. Pero, sin Jesús, habían luchado con sus solas fuerzas y nada habían logrado. Y cuando el Señor aparece y hacen lo que les indica, las redes se llenan de peces. Y es que sólo cuando se trabaja con Jesús, unidos a él, es fecundo el trabajo del cristiano… ¿No es ésta la raíz de la infecundidad de nuestros esfuerzos en la construcción del reino? A veces nos empeñamos en trabajar solos, confiando en sólo nuestras fuerzas. Y así nos va: nuestras redes siguen vacías. Si te escucháramos, si fuéramos más dóciles a tu palabra, Señor, y trabajáramos contigo, también cambiarían las cosas para nosotros. Pero para trabajar contigo, hemos que vivir contigo, en profunda comunión contigo. Señor, concédenos que en esta Pascua profundicemos en la unión contigo mediante la oración, la escucha de tu Palabra y la eucaristía.
Ante aquella pesca asombrosa, “aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: - Es el Señor.” Qué penetrante vista la del amor. Ante lo acontecido, Juan reconoce enseguida al Señor y lo grita a los demás. Y, al oírlo, “Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua“. Pedro, tan impulsivo como siempre, tiene prisa por ir a al encuentro de su Señor. Y va hacia él con total confianza, sabiendo que el Señor le ama y le ha perdonado su traición. Señor, también a nosotros vienes en muchos acontecimientos y en nuestros hermanos; que te reconozcamos, como Juan, y vayamos a tu encuentro con la misma prisa y confianza con que fue Pedro en aquella mañana. Nosotros también sabemos que, a pesar de nuestras traiciones, nos has perdonado y nos amas. Y también, como a ellos, nos invitas: “Vamos, almorzad”. Y “tomas el pan, y lo mismo el pescado “y nos das con amor y generosidad la comida que nosotros no hemos preparado, sino que tú mismo has preparado para nosotros. Gracias, Señor. Ayúdanos para que, con el mismo amor y generosidad, nosotros lo preparemos para los hermanos.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
28/03/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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