Miércoles de la Octava de Pascua
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: - ¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: - ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les preguntó: - ¿Qué? Ellos le contestaron: - Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo… Entonces Jesús les dijo: - ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: - Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: - ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: -Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. ( Lucas 24, 13-35). 1. Hoy vemos a dos de los que seguían a Jesús, que se alejan de Jerusalén, de la comunidad. Van comentando las cosas que han pasado. Llevan en su corazón la tristeza, el desconcierto, la desilusión, la frustración. Ellos habían puesto muchas esperanzas en Jesús. Habían creído que era el Mesías que esperaban. Pero el fracaso del viernes ha roto todas sus ilusiones y esperanzas. Ahora confiesan su desesperanza: “ Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israe l…” Reparamos: “Esperábamos”, dicen. Ahora ya no esperan. Se creen solos, abandonados: el Maestro ya no está con ellos. Y sin embargo, él está vivo, camina con ellos. Pero –como María Magdalena- ellos no lo saben, no lo reconocen. ¡Cuántas veces, Señor, nosotros vamos por la vida, rotos, desesperanzados, creyendo que estamos solos! Y tú estás ahí, a nuestro lado, caminas con nosotros escuchando nuestra tristeza…, pero no lo sabemos, no te reconocemos. 2. A los dos de Emaús les han dicho que las mujeres no han encontrado el cuerpo de Jesus en el sepulcro y que cuentan que unos ángeles les han dicho que está vivo. Pero ellos no lo creen. Y fue entonces cuando Jesús les dijo: - "¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?" Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura». Ellos habían creído en Jesús, pero con una fe interesada. Habían puesto muchas esperanzas en él, pero equivocadas. Esperaban que fuera el Mesías, pero un Mesías según sus intereses: político, que estableciera un reino terreno, que les llevara ocupar puestos importantes en su reino. Pero no habían terminado de creer que "si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto", que “era necesario que el Hijo del hombre muriera para entrar en su gloria.” Ahora creen que todo ha terminado con su muerte. ¿ No es ésta también nuestra situación muchas veces? Seguimos a Jesús, confiamos y esperamos en él, acudimos al Dios Padre que él nos ha revelado, que nos ama y cuida de sus hijos… Pero cuando las cosas no ocurren como nosotros esperamos, cuando a nuestra oración no responde según deseamos, ¿no se tambalea nuestra fe y se rompe nuestra esperanza? Señor, ¡qué necios y torpes somos también nosotros! Perdónanos. 3. Al llegar a la aldea adonde iban, invitan a Jesús a quedarse con ellos. Y “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: - ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras.” Hizo falta que el Señor les saliera al encuentro, les explicara las Escrituras y partiera el Pan con ellos, para que descubrieran quién era en verdad Jesús y cuál era su verdadero reino, para que en sus corazones brotara una esperanza nueva, no apoyada en sus ambiciones, sino en el Señor Resucitado. También a nosotros, en cada eucaristía, se nos une el Señor y nos explica las Escrituras y parte el Pan. Pero ¿arden nuestros corazones mientras nos habla?; ¿se cae la venda de nuestros ojos y le reconocemos al partir el pan? ¡Qué estupendo, Señor, si así ocurriera! En cada eucaristía rebrotarían en nuestros corazones ilusiones y esperanzas nuevas... Aquéllos, que al ir iban tristes y desesperanzados, ahora regresan alegres a comunicar a los demás su gozo y su esperanza renacida. ¿Por qué nosotros no salimos de la eucaristía transformados, alegres, a decir a los demás lo que ha acontecido? ¿Es que no nos hemos encontrado con el Señor? Dice el cardenal Newman: «Quien ha tenido un encuentro con Cristo, en adelante no podrá vivir como si ese encuentro no hubiera sucedido». Señor, que ocurra así en nosotros en cada eucaristía.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
26/03/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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