Viernes de la 4ª semana de Cuaresma
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
Se dijeron los impíos, razonando equivocadamente: Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor. Él mismo es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás, y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios… Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él . (1ª Lect. Sabiduría 2, 1a. 12-16.20). En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las tiendas. Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas. Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: - ¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene. Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: - A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado. Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora . (Juan 7,1-2. 10. 25-30). La cruz va a estar cada vez más presente en las lecturas. Hoy vemos que siguen las maquinaciones de los jefes judíos para matar a Jesús. No creen en él ni aceptan su mensaje. Les estorba. Quieren eliminarle. Es la lucha de siempre. En el fragmento del libro de la Sabiduría -que leemos como 1ª lectura de la misa- se dice que el que obra mal no puede ver con buenos ojos al que obra bien; las buenas obras que hace el justo las ve el impío como un reproche, se siente denunciado por esa buena conducta. Es lo que les pasaba a los fariseos: el mensaje de amor y comprensión con los pecadores, con los que Jesús se junta y come y a quienes perdona, lo mismo que con los pobres, enfermos y marginados, les echa en cara su orgullo, su engreimiento y su creerse mejores que nadie. Por eso, no lo pueden aguantar. Señor, y nosotros nos quejamos ante la menor contradicción, crítica o incomprensión. Y hasta de que no nos reconozcan y “aplaudan” cuando hacemos algo bueno. ¡Como si los discípulos pudiéramos esperar ser mejor tratados que el Maestro…!
Pero hay más. Con la primera lectura de hoy ¿no da de lleno el Señor donde nos duele? Porque, cuando nos sentimos incómodos ante la vida cristiana, entregada y servicial de algunas personas, como amigos, hermanos de la comunidad, etc. ¿no será porque denuncian nuestra vida cristiana amodorrada y comodona? Cuando pensamos y hasta decimos de ellos que son “extremistas”, que buscan llamar la atención o no sé qué, ¿no son nuestro orgullo y envidia los que hablan? Señor, danos un corazón generoso que se alegre de las cosas buenas de los demás; que aceptemos con humildad los buenos ejemplos de los hermanos, incluso de la gente más sencilla y menos instruida.
A pesar del peligro que corre, Jesús sube a Jerusalén y continúa predicando su mensaje. Ha venido para eso. Ésa es su misión. Y no se echará atrás, ni siquiera ante la muerte. ¿Y nosotros? La misión de los cristianos es ser testigos de Cristo, ser luz y ser sal. Y sabemos muy bien que, en esta sociedad nuestra cada vez más descreída, esto molesta a muchos. El peligro que corremos es echarnos atrás y no atrevernos a dar testimonio de nuestra fe, por temor al qué dirán, a que nos critiquen o se rían de nosotros. De hecho, ¿no nos acomodamos a veces a “lo que hacen todos”, porque tememos desentonar? Y tan poco desentonamos, que nadie se siente interpelado por nuestra vida. ¡Qué triste, Señor, que seamos y actúenos tan como los no creyentes que nuestras vidas no les incomoden en nada, y a veces... hasta nos aplaudan por ello!... Señor, perdona tanta cobardía. Danos valentía para ser testigos tuyos en todas las circunstancias de la vida; que –con humildad, pero con firmeza- defendamos siempre el bien y lo hagamos, aunque nos critiquen y nos tilden de retrógrados.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
07/03/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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