Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Segunda semana de Adviento. El Señor viene. Isaías anuncia : “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrarán con gozo y alegría… Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará…” ( 1ª lect.) Ayer el Bautista nos invitaba a preparar los caminos del Señor. A hacerlos más transitables. A dejarlos libres para que el Señor pueda venir. Él viene para hacernos nuevos, para llenar de vida el desierto y el yermo de nuestras vidas. Sí, Señor, ven, que te necesito. Renueva lo viejo de mi vida.
2. El evangelio nos presenta a Jesús dando vida: perdona los pecados del paralítico que le presentan y lo cura. Lo sana por dentro y por fuera, alma y cuerpo. Unos amigos, superando dificultades, se lo ponen delante. Sin que le pidan nada, Jesús se adelante y, viendo su fe, le dice : "Hombre, tus pecados están perdonados." No buscaban eso; ellos buscaban la salud. Pero esto es lo más consolador de esta historia: si vamos al Señor con fe, él nos dará lo que ni siquiera le hemos pedido, porque su generosidad desborda siempre nuestra necesidad. Nosotros te pedimos, Señor, cosas: salud, empleo, esto, aquello... Y tú comienzas por darnos lo que ni te hemos pedido: tu amor, tu perdón, la paz interior, el encuentro contigo: te nos das tú mismo. Porque, Señor, tú, no quieres darnos nada que sea menos que tú, que es lo que de verdad necesitamos y hambreamos y buscamos aunque ni seamos conscientes.
3. Los escribas y fariseos se escandalizaron y criticaban: "¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?” Pero Jesús sale al paso de su escándalo y su crítica: "¿Qué es más fácil: decir "tus pecados quedan perdonados", o decir "levántate y anda"? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dijo al paralítico-: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa." Decir que los pecados de aquel hombre estaban perdonados, no comprometían, porque ¿quién podía comprobar si era verdad o no? Pero decirle que se pusiera de pie, sí era comprometedor, porque todos podían comprobar la verdad y fuerza de las palabras de Jesús. Así, con la curación de la parálisis, Jesús probaba que era el Enviado del Padre y podía perdonar los pecados. ¡El señorío de Dios, pues, sobre el pecado y sobre todo mal ha comenzado! Lo de Isaías se está realizando: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo...” Señor, en estos días de Adviento me estoy descubriendo pecador, necesitado de salvación. Por eso hoy acudo a ti con la pesada carga de mis pecados. Ellos son mi parálisis, los que me impiden caminar por los caminos del amor y de la entrega. Di tu palabra liberadora sobre mí y podré tomar mi vida liberada, y marchar a “casa dando gloria de Dios”.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.