Martes de la 3ª semana de Cuaresma

Paso la palabra. Para meditar cada día
Martes de la 3ª semana de Cuaresma
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: - Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta:
- No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: - Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: - Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: - Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: - ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano
. ( Mateo 18,21-35).

1. Los discípulos han oído al Maestro hablar del perdón. Y Pedro le pregunta hasta dónde ha de perdonar. Intentando ser generoso, habla de siete veces. Y Jesús le dice que no es bastante: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Que era como decir: siempre. Y la razón es sencilla: así perdona nuestro Padre del cielo. ¿Cuántas veces nos ha perdona el Señor? ¿No nos ha perdonado siempre que se lo hemos pedido?... Pues con la misma medida con que Dios nos mide, debemos medir nosotros. Si Dios perdona sin límite, nosotros, sus hijos, tenemos que imitarle y perdonar sin límite. Sólo así podemos esperar ser salvados cuando rindamos cuentas en el juicio. De san Juan Gualberto se cuenta que andaba buscando al asesino de su hermano para vengarse. Al pasar por una iglesia se le ocurrió entrar y se encontró con un crucifijo que presidía el altar. Mientras lo miraba, sintió como que Cristo le decía: “¡Pide justicia, sí, pide justicia! ¿Y si yo hiciera lo mismo contigo?” Y se sintió tan avergonzado de su actitud, que renunció a la venganza que buscaba y perdonó a su enemigo... Señor, que cuando me cueste perdonar, te mire a ti clavado en la cruz y... ¡sin pedir justicia!

  1. Para que queden las cosas más claras, Jesús les propone la parábola del empleado de corazón duro: a este criado su señor le perdona diez mil talentos, que era una cantidad exagerada (pensemos en varios millones de euros); sin embargo, él no es capaz de perdonar a su compañero la cantidad mínima de cien denarios (unos cuantos euros). Señor, me resulta repugnantemente mezquino el comportamiento de este empleado. Pero ¿no soy yo ése, muchas veces? Tú perdonándome mis muchas y graves ofensas, y yo negándome a perdonar las ofensas de mi hermano, que, si las comparo con mis ofensas a ti, no son más que nonadas. Señor, ensancha mi corazón, cámbialo. Que sea generoso en el perdón a mis hermanos como tú lo eres conmigo.

3. Cuando los compañeros de aquel criado despiadado contaron a su señor lo que había hecho, éste lo mandó llamar y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y mandó castigarlo hasta que pagara el último céntimo. ¡Cuántas veces hemos merecido que el Señor nos afeara, del mismo modo, nuestra dureza de corazón! La parábola concluye: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Según esto, Señor, ¡qué mal nos las vamos a ver si seguimos con estos resentimientos y resistencias al perdón! Danos tu gracia para que, en las relaciones familiares, con los vecinos y los miembros de la comunidad, en el trabajo y en todas partes, podamos perdonarnos los unos a los otros hasta setenta veces siete, como tú nos perdonas.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

26/02/2008


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