Sábado de la 2ª semana de Cuaresma

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado de la 2ª semana de Cuaresma
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: - Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: - Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna». El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros». Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo». Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado». Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud». Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado». El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado ». ( Lucas 15,1-3. 11-32 )

1. Una vez más aparece el Señor entre publicanos y pecadores. Y los fariseos, criticándole por ello. Con esta parábola –que es un canto a la misericordia de Dios- viene a decirles: “Dios es un Padre todo bondad, misericordia y amor; que ama a sus hijos pecadores y vive en un sin vivir, esperando que se conviertan; que se alegra y hace fiesta, cuando el hijo pecador vuelve a casa. Por eso yo también los quiero y busco su compañía”… Gracias, Señor, por revelarnos algo tan consolador. ¡Cuánto necesitamos oírlo los que andamos por la vida cargados de pecados, de traiciones e infidelidades al amor de Dios y que, a veces, hasta hacemos asco de nosotros mismos por ello!

2. El hijo menor se marchó de casa. Tal vez buscaba “realizarse” sin vivir controlado por el padre. Y se encuentra con que pierde hasta la dignidad de persona: esclavo del vicio, de la pobreza, del hambre… y cuidando cerdos, el oficio más humillante para un judío. ¿No somos nosotros este joven equivocado? Huimos de Dios, buscando “ser nosotros mismos”, olvidándonos de él. ¡Como si Dios nos impidiera realizarnos como personas, ser libres, ser felices! Y ¿con qué nos encontramos? Aquél joven necesitó tocar fondo, sentir que se ahogaba en la soledad y la miseria, para reconocer lo que había perdido. Quiera el Señor que, en este tiempo de cuaresma, nos enfrentemos con nosotros mismos, con nuestra realidad de pecadores sin felicidad lejos de Dios, y nos animemos a volver a su amor. El buen padre de la parábola esperaba con ansia el retorno del hijo y, cuando lo vio venir, echó a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Ese eres tú, Señor, el que nos estás esperando, para abrazarnos y cubrirnos de besos. ¡Que no te haga esperar más, Señor; que hoy mismo me ponga en camino hacia tus brazos y te dé la alegría de poderme perdonar!

3. En la parábola hay un segundo hijo, el mayor, que no se ha ido de casa. ¡Pero que ama tan poco que se enfada con el Padre porque es bueno y misericordioso con el hijo pecador! Es la imagen del fariseo satisfecho de su bondad, que critica a Jesús porque es bueno con los pecadores. ¿No estamos aquí también nosotros? Unas veces hemos sido el hijo que se marcha; pero también muchas veces somos el hijo que se queda: no ama, pero se siente muy satisfecho de ser “bueno”. Está en casa pero más como empleado que como hijo. Por eso ni perdona al hermano pecador, ni comprende el amor del Padre al hijo perdido: «... en tantos años como te sirvo... a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado». Señor, malo es el hijo que se fue; pero ¿no es peor el que se quedó? ¿De qué me sirve quedarme “en la casa paterna”, en tu Iglesia, si no soy “hijo”, sino más bien “criado cumplidor”? Líbrame, Señor, del orgullo de creerme bueno y merecedor de tu paga. Que me convierta de “cumplidor” en hijo agradecido; que estar contigo y sentirme amado por ti me baste y sea todo mi gozo. Y concédeme también la gracia de perdonar al hermano que peca y se arrepiente y acogerlo con la alegría con que tú me perdonas y acoges.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

23/02/2008


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