Martes de la 2ª semana de Cuaresma
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo: - En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame «maestro». Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar jefes, porque uno sólo es vuestro Señor, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido . (Mateo 23, 1-12). En el evangelio de hoy Jesús denuncia, como tantas veces, la hipocresía y orgullo de los escribas y fariseos. Ellos se sentaban en la cátedra de Moisés: enseñaban y protegían la ley de Moisés, pero no eran servidores fieles de Dios ni del pueblo. Se disfrazaban de servidores de Dios y personas piadosas, pero no para honrar a Dios, sino para alimentar su orgullo y vanidad, para lograr una buena opinión de la gente. En realidad, Dios no les importaba, pero hacían que les importaba: “Todo lo que hacen es para que los vea la gente.” Se les podía aplicar muy bien lo del salmo: “¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza, y te echas a la espalda mis mandatos?” ¿No me reconozco en ellos? ¿Muchas veces, al hacer el bien, no busco más el servir mi vanidad que servir a Dios? ¿No llevo un fariseo dentro de mí?
En las bodas de Caná, refiriéndose a Jesús, María dijo a los criados: "¡Haced lo que él os diga!" Hoy Jesús dice a la gente y a los discípulos, refiriéndose a los letrados y fariseos: "Haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen." Ellos hablaban muy bien, enseñaban la doctrina correcta, pero no vivían lo que enseñaban y exigían a los demás. Su vida contradecía sus enseñanzas. Diríamos que su palabra iba por el camino recto, pero su vida por el torcido. Además -añade Jesús-: “les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame «maestro». En el fondo lo que buscaban era el poder y los honores. En contraposición, Jesús quiere que los suyos seamos gente humilde, servidores de los demás, sencillos y fraternos: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos….” Lo nuestro debe ser vivir la fraternidad y hacernos servidores los unos de los otros. En la comunidad de Jesús el mayor es el que más sirve y el que menos importante se hace. Señor, líbranos de caer en la tentación de hacernos como “pequeños dioses” ante los demás.
El fariseísmo no ha muerto. Hemos de estar sobre aviso, porque en nuestras prácticas religiosas y en el apostolado corremos el peligro de caer en las actitudes farisaicas que denuncia el evangelio hoy. De hecho, Señor, muchas veces me sorprendo, buscando demasiado la admiración, la alabanza de los demás so capa de servir a Dios; o buscando ser el primero, ocupar el puesto más brillante, pero no para servir más y mejor a los demás, sino para conseguir más honores y parabienes. Señor Jesús, que no olvide que tú eres el único Señor, el único Maestro; que no busque robarte la gloria que sólo es tuya; y que no olvide lo que acabas de decirnos: “El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
19/02/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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