Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El Señor sigue llamándonos a la conversión. Hoy nos advierte: “Sí no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos.” Los fariseos y escribas eran notables en el cumplimiento de la ley. Cumplían muy bien. Pero se quedaban en el mero cumplimiento. Diríamos en la corteza, en lo exterior. Jesús nos dice que los suyos no podemos contentarnos con eso: hemos de ir más allá. No podemos quedarnos en la letra de la ley, hemos de llegar al cambio del corazón, al espíritu, a vivir el amor. ¿De qué sirve cumplir todo lo mandado, si tengo seco el corazón, si no pongo amor en lo que hago?
2. De ahí que Jesús diga que no basta con no matar. El que injuria al hermano, o lo insulta, o lo juzga interiormente, o lo odia, o le guarda rencor, o está enojado con él, o no le ayuda, etc., ya está matando al hermano. Porque ¡no lo está amando! Y la comunidad de Jesús no es la comunidad de los que no hacen el mal, sino la comunidad de los que aman y hacen el bien. No podemos, pues, darnos por satisfechos pensando: “Yo no mato ni robo, ni hago mal ni lo deseo a nadie..." J. Ratzinger -ahora Benedicto XVI- dice que el cristiano no se pregunta hasta dónde puede llegar sin pecar mortalmente, sino que “el cristiano busca sencillamente el bien, sin hacer cálculos. El que es meramente justo, el que busca hacer solamente lo correcto, es el fariseo; sólo el que no es meramente justo, comienza a ser cristiano”. Señor, arráncame del farisaísmo. Dame tu gracia para que pueda dar ese paso más que nos pides a los tuyos.
3. La ofrenda que agrada a Dios es la comunión de amor entre los hermanos. Por eso: “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. No importa de quién sea la culpa. Sólo debe importarme si el otro tiene algo contra mí. Y si es así, yo debo dar el primer paso para reconciliarme con él y restablecer la paz. Esto es tan importante para Dios, que ninguna ofrenda le agradará sin la previa reconciliación con mi hermano. Por eso, antes de presentarla, debo dejar la ofrenda ante el altar e ir a reconciliarme con él. Y entonces, sí, mi ofrenda agradará a Dios y me alcanzará la reconciliación con él. No debo engañarme: no puede haber paz y reconciliación con Dios, si no hay antes paz y reconciliación con el hermano. El servicio a Dios –por importante y grandioso que sea-, si no está sostenido por el amor y la unidad, de nada vale. Señor, cambia este corazón mío, tan soberbio y resistente a dar el primer paso para buscar la reconciliación con el hermano. Que lo que hoy me dices se grave a fuego en mi corazón y que lo viva.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.