Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El sembrador siembra en la esperanza de que la semilla dará fruto. Sabe que si la riega y pone las condiciones necesarias, la semilla alberga en sí una fuerza que la hará crecer y desarrollarse hasta ser espiga y dar fruto. Por eso, el sembrador siembra y espera. Lo mismo ocurre con el grano de mostaza, semilla pequeña de la que parece que se puede esperar poco, pero el labrador la siembra, esperando que lo que es pequeño crecerá y llegará a convertirse en arbusto. Así el Señor: siembra la semilla del Reino. En apariencia los comienzos son insignificantes: Jesús sólo predica, sin propiciar un asalto al poder para establecer el Reino de Dios inmediatamente. Pero la fuerza del Reino se irá abriendo camino, irá creciendo, y el evangelio llegará a todas partes. Y de una manera callada su fuerza transformadora irá cambiando a los que lo acojan y a toda la sociedad. Es la esperanza que quiere meter en el corazón de los que le escuchaban, que esperaban una rápida y triunfal implantación del Reino. La semilla está sembrada; el Reino de Dios encontrará dificultades, pero, calladamente, lentamente irá creciendo y el Reino de Dios llegará a plenitud. Hay que saber esperar, como espera el labrador.
2. Con esta Palabra el Señor quiere poner también esperanza en nuestro corazón. Cuántas veces el desánimo se apodera de nosotros: escuchamos el evangelio, la llamada a la conversión, a amar más, a perdonar sin medida, a servir más… y pensamos que eso no es para nosotros, que nunca podremos romper con tanta atadura que nos sujeta y nos impide volar; miramos a los santos: a Agustín, a Francisco de Asís, a Teresa de Jesús… y vemos cómo desde el pecado o la vulgaridad espiritual, se remontaron a la santidad más alta, y pensamos que no somos de esa pasta: ¡lo hemos intentado tantas veces ya sin apenas resultado! Y es que olvidamos, necios de nosotros, que no es cuestión nuestra, sino de Dios, que el protagonista es él. Lo nuestro, débiles como somos, es acoger su Palabra, ser tierra buena, intentar desbrozar el corazón de lo que pueda ahogar la semilla, regarla con la oración y los sacramentos, exponernos frecuentemente al sol del amor Dios. Y después, esperar pacientemente, con esperanza, que la semilla haga su obra: que germine y crezca y se vaya posesionando de nosotros. Crecerá lentamente, pero irá creciendo. Señor, tú tienes paciencia. Que la tenga yo. Que crea y confíe que el Espíritu Santo obra calladamente, pero irá realizando su obra transformadora en mí.
3. Si el desánimo puede apoderarse de nosotros al no ver resultados prontos en nosotros, no es menor la desesperanza y el desaliento que podemos sentir, como apóstoles y sembradores de la Palabra de Dios que debemos ser los cristianos. ¡Cuántos padres, catequistas, militantes de movimientos, incluso sacerdotes, experimentan la desilusión al ver el poco fruto de su trabajo apostólico! ¡Y es que nos falla la confianza en la fuerza del evangelio! Juan Pablo II decía: "A nosotros no se nos pide el éxito sino la fidelidad". Señor, que nunca nos desanimemos. Que sigamos sembrando, con la esperanza de que tu semilla crecerá y dará fruto. ¿Cuándo? Sólo tú lo sabes. A nosotros nos pides que hagamos lo nuestro. Y hecho esto, que confiemos en Dios y esperemos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.