Lunes de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Lunes de la 3ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, unos letrados de Jerusalén decían: "Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios". El los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: "¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil, no puede subsistir; una familia dividida, no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre". Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. (Marcos 3, 22-30). 

  1. Jesús sigue haciendo el bien, haciendo avanzar el reino del amor. Pero los letrados, los “buenos”, los “entendidos” en religión se niegan a creer. Para desengañar a la gente que le sigue, comienzan a sembrar la sospecha sobre Jesús: "Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios". ¡Qué ceguera y qué malicia! La Bondad y el Amor de Dios están ahí, obrando en Cristo, y ellos negándose a ver, resistiéndose a aceptar que la fuerza de Dios actúa en él, que por él el reino de Dios está en medio de ellos. Señor, quiero detenerme en este misterio de obstinación que me estremece: tú llamando a la puerta, y ellos no te abren, tú ofreciendo la salvación, y ellos rechazándola  y no escuchándote… ¡Qué duro y entristecedor debió resultarte ver que tus llamadas insistentes no lograban romper la dureza  de aquellos corazones! Pero... ¿no es lo que yo he hecho y hago tantas veces? ¿No rechazo tu gracia muchas veces? Señor, ten misericordia de mí.

 

  1. Ayer veíamos que sus familiares decían de Jesús que estaba loco; ahora estos letrados le acusan de loco endemoniado. Ellos, en su orgullo, sí que han perdido el seso para decir lo que dicen. Por eso -de un manotazo y con aguda ironía- Jesús tira por tierra su absurda acusación: ¿Quién lucha contra sí mismo, si quiere subsistir? Así, “si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido”. Y es que, cuando hay mala voluntad, al querer justificar actitudes no justificables, fácilmente se cae en el absurdo o en el ridículo en los argumentos.  ¿Con qué argumentos defiendo yo mi mediocridad cristiana, mi miedo a comprometerme más contigo y tu evangelio, Señor, el no ser más generoso con los demás,  el dejar en un rincón la oración…? ¿Detrás de qué “razones” me escudo? Señor, desenmascara hoy -y siempre que lo intente- mis falsos argumentos para defender mi tibieza en seguirte, y hazme ver claramente mi mentira.

 

  1. Finalmente, sorprende oír hablar de no perdón a Jesús, que es el perdón y la misericordia infinita: “:…el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás”, dice. Y es que Dios está siempre dispuesto a perdonar; pero ¿cómo perdonará al que no quiere ser perdonado, al que no se abre a su perdón sino que lo rechaza? Era lo que les pasaba a aquellos letrados de Jerusalén: obstinados, habían endurecido su corazón hasta el punto de rechazar la invitación a la conversión que les hacía Jesús, a creer en él. Tú, Señor, quieres perdonarles, pero ellos se cierran a tu gracia. Yo, Señor, sí quiero aceptar tu perdón. Soy débil, soy pecador, te traiciono y me alejo de tus caminos muchas veces; pero tú sabes que te quiero, perdóname; hazme experimentar el gozo de sentirme tan amado por ti que me perdonas. Y  cambia mi corazón, Señor, haz fuerte mi debilidad. María, Madre, refugio de los pecadores, ruega por nosotros.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

28/01/2008


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •