Miércoles de la 2ª semana del T. O.

Paso la palabra. Para meditar cada día
Miércoles de la 2ª semana del T. O.
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo entró Jesús otra vez en la sinagoga y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo. Jesús le dijo al que tenía la parálisis: "Levántate y ponte ahí en medio". Y a ellos les preguntó: "¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?" Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: “Extiende el brazo”. Lo extendió y quedó restablecido. En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él . ( Marcos 3, 1-6).

  1. Continúan los fariseos al acecho, afincados en su legalismo fanático, y Jesús, viendo cómo hacer el bien. En la reunión hay un paralítico. Los fariseos sospechan que, como otras veces, lo va a sanar aunque sea sábado. Jesús intenta hacerles reflexionar: “¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?". Ellos no responden: “se quedaron callados”. Responder que hacer lo bueno, es decir, salvar la vida -que era la respuesta lógica- hubiera sido dar la razón a Jesús. Pero ¡cuesta tanto al orgullo reconocer que el contrario tiene razón!... ¿No nos ocurre a nosotros? Por muy claras que veamos las cosas, el orgullo, a veces, no nos deja dar el brazo a torcer. Por otra parte, el silencio ¿no es una cobardía a veces? Por miedo a la crítica por pensar o vivir a contrapelo del ambiente, ¿a veces no callamos o disimulamos nuestras convicciones morales o religiosas? Hoy, Señor, te pido que me perdones. Reconozco que necesito ser más humilde y más valiente en muchas ocasiones. Ayúdame para que lo sea.
     
  2. Para Jesús la respuesta no tiene duda: hacer el bien está por encima de todo, y dejar de hacerlo es ya obrar mal. Es el pecado de omisión al que tan poca importancia damos. “Yo no hago mal a nadie”, decimos y nos quedamos tan tranquilos. Pero ¿hago el bien que puedo hacer? Lo de los cristianos es amar. Y al amor no le basta no hacer mal: amor que no empuja a hacer el bien al amado, no es amor. Por eso, Jesús hacía el bien en todo momento. Por eso en el evangelio de hoy le vemos “celebrar” el sábado, no con el descanso, sino “haciendo lo bueno”, “salvando la vida” del hombre, cumpliendo la ley del amor. Al paralítico le dice: “Extiende el brazo”, y “lo extendió y quedó restablecido”. ¡Qué bien, Señor, si los que me conocen pudieran decir que mi vida está regida siempre por la ley del amor y no sólo por “el no hacer el mal”! Ayúdame, cambia mi corazón para que así sea.
     
  3. Ante la curación del enfermo, los fariseos se enrabietan más y se alían con los herodianos para conspirar cómo acabar con Jesús. ¡Qué tristeza debió sentir Cristo ante el endurecimiento de sus corazones! Cura a un enfermo, muestra que Dios está obrando la salvación por su medio, y que es, por tanto, el salvador enviado por Dios..., y ellos ni se convierten ni dejan de interpretar torcidamente las acciones salvadoras que ven, sino que en su corazón se afirman más las intenciones criminales que abrigan contra el que ha venido para salvarles. ¿Se puede imaginar dureza de corazón y obstinación mayores? Señor, ¡cuántas veces me has mirado también a mí dolido por mi obstinación!; ¡cuántas me has mostrado tu amor y me has llamado a la conversión, y yo, obcecado, he seguido en mi pecado, en mis egoísmos, en mi fe cómoda, en mi rutina y mediocridad religiosa, en mi tibieza! ¿Hasta cuándo, Señor? Dame una gracia especial que reblandezca este corazón mío tan duro.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

23/01/2008


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