Viernes de la 1ª semana del T. O.
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. El les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados quedan perdonados". Unos letrados que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: "¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?" Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: "¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico: "Tus pecados quedan perdonados", o decirle: "Levántate, coge la camilla y echa a andar?" Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..., entonces le dijo al paralítico: "Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa". Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: "Nunca hemos visto una cosa igual".(Mc 2, 1-12). De nuevo vemos a Jesús en Cafarnaúm, y a la gente que le busca: “ Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. El les proponía la palabra.” Es lo primero que hemos de aprender hoy: buscar a Jesús para escucharle. Aquellas gentes hicieron un alto en sus trabajos y se fueron a escucharle. ¿Cada día hacemos nosotros un alto en nuestras tareas–aunque sea breve- para escuchar al Señor en la oración, en la lectura del Evangelio? Si cada día dedicáramos un rato para estar con el Señor y escucharle, ¡cómo nos iría cambiando su Palabra! Señor, que sea importante para mí escucharte; que no piense que es cosa que puedo omitir por cualquier causa. Y sobre todo, Señor, que me deje impregnar de tus “odoríferas palabras” -como las llama S. Francisco de Asís-, así mi vida desprenderá cada vez más olor a ti.
Cuatro hombres traen a un paralítico. El gentío les impide llegar a Jesús. Pero abren un boquete en el tejado y descuelgan la camilla con el enfermo. El Señor, viendo la fe de aquellos hombres, dice al enfermo: "Hijo, tus pecados quedan perdonados". Ellos han ido buscando la curación de la parálisis corporal, y Jesús ve el mal físico que esclaviza a aquel hombre, pero, sobre todo, ve el pecado que habita en su corazón. Y empieza por lo más dañino, por la parálisis espiritual, y dice al enfermo una palabra de perdón. ¡Cuántas veces pensamos que lo que nos hace sufrir está “fuera”: en la enfermedad, en el comportamiento de los compañeros, en la incomprensión de la familia u otras causas! Y vamos al Señor pidiendo la solución de eso. Y no vemos que la verdadera causa de nuestro mal es más profunda, es nuestro pecado: el orgullo que se niega a aceptar nuestros fallos o limitaciones, el resentimiento porque creemos que no nos valoran lo suficiente, la envidia de los que creemos que son mejor tratados, el no aceptar al que no nos cae bien o no concuerda con nosotros, etc. Señor, como al paralítico, di sobre mí tu palabra de perdón, que es la que necesito para sanar y recobrar la paz y la ilusión.
Unos letrados que estaban allí critican a Jesús: “¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?" Jesús sale al paso de su escepticismo sobre su poder para perdonar el pecado, y sana también el cuerpo del paralítico: “ para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..., entonces le dijo al paralítico: "Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.” Desgraciadamente hoy son muchos los que sonríen cuando se les habla del perdón de los pecados. ¡Cuando es el mayor gozo que podemos experimentar: sentirnos amados por Dios tan incondicionalmente, que nos perdona las ofensas cometidas contra él y contra sus hijos! Señor, que aprecie y busque tu perdón, que no dilate el acercarme a recibirlo en el sacramento de la confesión. Y a los que no sienten necesidad de él concédeles poder recocerse pecadores, y descubrir que tú les estás esperando con los brazos abiertos para perdonarles.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
18/01/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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