Jueves de la ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme". Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: "Quiero: queda limpio". La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándole severamente: "No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes . ( Marcos 1, 40-45 ) 1. En aquellos tiempos el leproso era un marginado, civil y religiosamente, un “muerto en vida”. No se le podía tocar y se le obligaba a vivir aislado sin poder acercarse a los demás. Sin embargo, el leproso de hoy se acerca a Jesús y le suplica: "Si quieres, puedes limpiarme". Y Jesús no lo evita. Conmovido, lo acoge, toca al que era “intocable” y le dice con autoridad: "Quiero: queda limpio". Y quedó limpio. Y es que cuando se ama, a nadie se margina: el otro ni estorba ni contamina ni da asco, sino que se le acoge, y hasta se va al encuentro de él, cuando se le ve necesitado. Y tú, Señor, que eres el Amor de Dios amando, haciendo presente el Reino del amor de Dios al hombre, ¿cómo ibas a rehuirlo? ¡Qué lección de cómo hay que amar, Señor! Que la aprenda. 2. Nosotros, desgraciadamente, sí rehuimos a muchos que hemos declarado “leprosos,” “apestados”, en nuestra sociedad. Hablamos mucho de solidaridad, de romper barreras, de que no importa “la raza ni el color”; pero después, ¡cuántos “excluidos” en nuestra sociedad! Cada uno tenemos los nuestros. ¡Qué incómodos nos sentimos cuando los “marcados” se acercan a nosotros y se meten en nuestras vidas! Hoy preguntémonos: ¿a quiénes estoy excluyendo yo?; ¿quiénes son “mis marginados”?... Roguemos al Señor por ellos y por todos los marginados del mundo. Señor, cambia nuestros corazones, tan egoístas, soberbios y duros. Hazlos semejantes al tuyo, tan compasivo y lleno de amor. Ensánchanos, Señor, el corazón. Que quepan todos en él, como cabían en el tuyo. 3. Jesús no sólo acoge al leproso y lo toca –denunciando así la injusticia de la ley que lo marginaba-, sino que lo cura. Y, al librarlo de la lepra, lo restituye a la “vida”: le devuelve su dignidad de persona y puede reintegrarse a la convivencia comunitaria. Jesús le dice que no diga lo ocurrido; pero el curado no pudo callar su alegría y empezó a pregonar lo que Jesús había hecho con él: “ empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones”... Cristo quiere continuar su lucha contra la marginación. Y para ello nos necesita a los cristianos para que hagamos presente en el mundo el amor misericordioso y liberador de Dios. A esto nos invita el evangelio hoy: a acercarnos a los marginados, a los “leprosos” de nuestra sociedad, -como Jesús lo hacía- y ponernos a disposición de ellos para ayudarles a salir de su marginación y restituirlos a la “vida”. Pero, Señor, para poder seguir tu invitación, te digo lo del leproso aquél: “si quieres, puedes limpiarme”... de la “lepra” de mi egoísmo, de mi apatía en la vida cristiana, de mi miedo a complicarme la vida... Señor, tócame y dime también a mí: “Quiero, queda limpio.” Que, limpio de todo eso, podré ser testigo tuyo, continuador de tu obra.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
17/01/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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