29 de diciembre Día V dentro de la octava de Navidad

Paso la palabra. Para meditar cada día
29 de diciembre Día V dentro de la octava de Navidad
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él... Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. ( 1ª Juan 26.9-10).

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor", y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones." Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel." Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: "Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma. ( Lucas 2,22-35).

  1. En el evangelio hoy aparecen José y María presentando a su hijo en el templo. Allí estaba Simeón –que significa “Dios-escucha”- . Era hombre justo y piadoso, que esperaba, oraba constantemente y anhelaba y aguardaba el consuelo de Israel. Al recibir en sus brazos al Niño, Simeón reconoce al que esperaba, y la alegría le desborda en un canto agradecido a Dios: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel » . A nosotros en esta Navidad también nos ha concedido Dios contemplar a nuestro Salvador hecho Niño por amor. Por eso, Dios mío, mi corazón, lleno de gozo, quiere bendecirte y darte gracias, porque el que es luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel ha bajado y se ha hecho uno de nosotros para ensañarnos el camino de salvación que lleva al Padre .
     
  2. Este camino pasa por el hermano. Por eso, hoy, arrodillados ante la cuna del Niño, escuchemos atentamente lo de san Juan en su 1ª carta.: “Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Es fácil arrodillarnos ante la cueva de Belén y adorar al Dios encarnado y hasta emocionarnos. Pero arrodillarnos ante el hermano enfermo, solo, emigrante, necesitado, hambriento, etc. y servirle, escucharle, echarle una mano…, nos cuesta más. Ilumínanos, Señor, para que tu luz nos haga descubrirte y servirte en los más débiles y necesitados. Niño de Belén, libera nuestros corazones del egoísmo, de la comodidad, del miedo a complicarnos la vida, que nos hacen sordos a los gemidos de tantos hermanos nuestros que sufren y lo pasan mal.
     
  3. Muchos había en el templo. Muchos oraban. Pero sólo Simeón reconoce al Salvador en aquel niño que entra en brazos de una mujer sencilla del pueblo. Y es que la oración constante, confiada, le ha abierto los ojos para ver al que es el Mesías esperado, la Luz de las naciones. Los demás vieron a una familia más y a un niño más. Pero Simeón tenía las ventanas del alma abiertas y la Luz entró e iluminó su corazón y vio al Salvador y a la Madre del Salvador. Concédeme, Señor, la gracia de la oración callada y perseverante. Que constantemente pida y anhele tu venida liberadora a mí y a este mundo nuestro. Y dame “la buena vista” de Simeón para reconocerte siempre que te me muestres, hasta en los pequeños detalles de la vida y en toda persona que se me acerque, por poco importante que me parezca.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

29/12/2007


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