Sábado después de Ceniza

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado después de Ceniza
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: - Sígueme. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: - ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Jesús les replicó: - No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. (Lucas 5, 27-32)

1.      Hoy la liturgia nos presenta la llamada de Leví (conocido también como Mateo). En el relato aparecen tres personajes y tres actitudes. Primer personaje: Leví, que era publicano, recaudador de impuestos al servicio de Roma, y por ello, despreciado y tenido por los judíos como ladrón y pecador público, cuyo trato había que evitar. Estaba sentado al mostrador de los impuestos. Y ahí  -diríamos en el lugar de su pecado, en donde ejercía su profesión impura- le llega la llamada de Jesús: “Sígueme. El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.” En  estos días de cuaresma, Señor, pasas delante de mí, pecador, instalado también en mi vida de tibieza y pecado. Y me invitas: “Sígueme, vente conmigo y experimenta mi amor.” Leví dejó todo lo que tenía,  para lo que había vivido: sus dineros, la oficina donde los ganaba, sus amistades, etc. y te siguió. En definitiva, rompió con su vida anterior y aceptó vivir una vida nueva siendo de los tuyos. Yo, Señor, ¿con qué debo romper para aceptar tu Reino? ¿Qué debo dejar para seguirte? ¿Qué cambios he de hacer en mi vida? Señor, haz que lo vea claramente, y dame fuerza para hacerlo.

2.      Segundo personaje: Jesús, que no hace ascos del pecador -al que todos desprecian y marginan por su pecado-, sino que lo llama para que sea uno de sus discípulos, miembro de su comunidad. ¡Qué consolador para los que somos pecadores contemplar esto! Tampoco de nosotros hace ascos el Señor, sean los que sean nuestros pecados. El nos llama, nos quiere con él. Nosotros nada podemos darle, pero él sí quiere darnos su amor, su salvación, y llenar de sentido estas vidas nuestras vacías. Gracias, Señor, por tu bondad y misericordia, porque has confiado y sigues confiando en mí. Y yo, Señor, viendo cómo obras tú, me pregunto: ¿confío en los demás, creo en ellos, o los margino y les doy de lado y condeno, porque creo que son peores, que son “pecadores” sin remedio? ¡Gracias, Señor, por no ser tan exigente conmigo como yo soy con los demás! Tú, a pesar de mis traiciones, de que te he fallado tanto, sigues confiando en mí y buscando mi amistad. Haz que yo también confíe en que los demás son capaces de cambiar.

3.      En tercer lugar están los fariseos y escribas. Leví, agradecido, le ofrece un banquete,  y a él invita a sus amigos publicanos. Y Jesús no tiene reparo en sentarse a la mesa con los pecadores, con los excluidos, acogiéndolos como hermanos de la misma familia de Dios. Esto escandaliza a los “buenos”, a los fariseos y escribas. Ellos no pueden comprender el comportamiento de Jesús, porque no reconocen que con él se ha iniciado el tiempo de salvación. Por eso, dicen a los discípulos: “¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?”. En la respuesta, Jesús es tajante: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan”. De nuevo mi corazón, Señor, se ensancha y exulta de gozo y agradecimiento. ¡Qué suerte que, en tu misericordia, sigas buscándonos a los pecadores, que sigas sentándote a la mesa -esa Mesa, que nos preparas tú mismo-  rodeado, no de los buenos, de los de expediente impoluto, sino de nosotros, pecadores, que tenemos un expediente muy manchado! Gracias, Señor, por ser tan infinitamente bueno.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

16/02/2013


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