Lunes de la 4ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes.” Porque Jesús le estaba diciendo: “Espíritu inmundo, sal de este hombre.” Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: “Déjanos ir y meternos en los cerdos.” Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Ellos le rogaban que se marchase de su país. Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: “Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.” El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban. (Marcos 5,1-20) 1. Continuamos contemplando cómo Jesús muestra su poder sobre el mal y lo va venciendo. Hoy se adentra en territorio pagano, pues él ha venido para todos. Y allí lucha contra la fuerza del mal espíritu que tenía poseído a aquel hombre al que nadie podía dominar. Vivía entre tumbas, entre los sin-vida, entre lo impuro. Pero Jesús es más fuerte y su palabra de fuerza salvadora libra al hombre del poder del mal: “Espíritu inmundo, sal de este hombre.” Y, como vimos con la enfermedad y la tempestad, también el mal espíritu se somete a Jesús: “Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos.” Meditando sobre este episodio, Señor, pienso en tantos “espíritus inmundos” que tratan de esclavizarme, y con frecuencia lo logran. Ahí están la comodidad, el orgullo, la ambición de bienes materiales, la envidia, la lujuria, la violencia, la intolerancia…, que hacen que, como el poseso de Gerasa, viva como muerto: falto de ilusión por mi vida cristiana, viviendo una vida espiritual chata. Líbrame de ellos, Señor, lucha tú conmigo, que yo sólo no puedo contra ellos. 2. Cuando la gente se entera de lo ocurrido, en vez de alegrarse porque ha librado del sufrimiento a un hombre, se asustan, sienten miedo ante el poder de Jesús y le piden que se vaya a otra parte: ”Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados... Ellos le rogaban que se marchase de su país.” ¿Temían que Jesús hiciera cambiar sus vidas y no estaban dispuestos a ello? ¿No nos pasa a veces algo parecido? Tememos el encuentro con el Señor por miedo a que perturbe nuestra vida tranquila, aburguesada y y tengamos que cambiar. Hoy, Señor, me pregunto si, cuando te pido que me liberes, de verdad quiero ser liberado o más bien te temo y prefiero que te vayas a “otro país”. Porque me doy cuenta que muchas veces quiero que me ayudes, pero siempre y cuando no eches por el precipicio a nuestros “cerdos”. ¡Qué necio soy a veces, Señor, qué mezquino contigo! Perdóname. 3. El ex poseso quiere quedarse con Jesús, formar parte del grupo de los discípulos. Pero Jesús le dice que vuelva a su vida ordinaria y que allí, en su ambiente, dé testimonio de las maravillas de Dios: “Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.” Y él se fue proclamando por todas partes lo que Jesús había hecho con él. Porque, Señor, quien experimenta tu misericordia necesita proclamarla y se convierte en mensajero de tu amor. ¿Lo soy yo? ¿Proclamo a todos el amor de Dios, las misericordias del Señor que he experimentado en tantas ocasiones?
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
04/02/2013
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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