Domingo 4º del Tiempo Ordinario – (C)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: - Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: - ¿No es éste el hijo de José? Y Jesús les dijo: - Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún. Y añadió: - Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba. (Lc 4,21-30). 1. El domingo pasado Jesús declaraba ante sus paisanos que en él y por él se había inaugurado el año de Gracia del Señor. Hoy vemos que sus paisanos, en vez de alegrarse y dar gracias a Dios, lo rechazan. La razón es que ellos lo conocían bien, estaban familiarizados con él, lo habían visto crecer entre ellos y conocen a sus familiares: es el “hijo de José”. Es decir, porque era uno más del pueblo, uno de ellos. ¿Cómo tomar en serio lo que dice?... ¿No nos pasa a nosotros, los cristianos de siempre, algo parecido? Como conocemos desde niños a Jesús y su mensaje, no nos llama casi la atención. Y ocurre que -como dice Juan J. Bartolomé-, por creer que lo conocemos ya, no logramos conocerle mejor, y por estar acostumbrados a él, no conseguimos tener una experiencia más profunda de él, y porque nos es familiar, no lo buscamos, y porque no lo buscamos, no nos encontramos de nuevo con él. Señor, que no me acostumbre a ti y a tu mensaje. Que me deje sorprender cada día por tu Palabra. Tú eres la Vida y nos das palabras de Vida. 2. Ante el rechazo de sus paisanos y su pretensión de exigirle que haga con ellos los milagros que ha hecho en otros lugares, -o sea, que presente credenciales- les recuerda lo que pasó en tiempos de Elías y Eliseo: que sólo dos pagamos -la viuda de Sarepta y el leproso Naamán, el sirio- experimentaron la salvación. Esto los irrita y lo expulsan del pueblo, y hasta quieren despeñarlo. Y es que, con ello, Jesús ha puesto el dedo en la llaga de su orgullo nacionalista: ellos se creen los únicos con derecho a la salvación y a los milagros. Pero Jesús ha venido a salvar a todos los que creen en él, no sólo a los judíos. El amor de Dios no tiene fronteras... ¿No reaccionamos de modo parecido nosotros, cuando las exigencias del evangelio chocan con la idea que nos hemos formado de la religión, o toca ciertas llagas, como el orgullo, el fariseísmo, la insolidaridad, la injusticia, etc.? Nos da miedo la llamada a la conversión, porque tememos que desestabilice nuestro modo cómodo de vivir la fe, y entonces intentamos ahogar la voz de Dios con cualquier pretexto. Señor, concédeme la gracia de escucharte con humildad, sin temer tus exigencias, sin manipular tu mensaje. Que escuche tu Palabra como una palabra liberadora, que la acoja con el gozo con que la acogían los pobres y sencillos de corazón y los pecadores de tu tiempo. 3. El relato del rechazo a Jesús por parte de sus paisanos, es un relato “típico”, un relato que viene a prefigurar lo que hará el pueblo de Israel con Jesús, y lo que ocurrirá a la comunidad cristiana. A Jesús lo rechazan, porque su mensaje y su modo de actuar molestaban a sus paisanos y a los dirigentes religiosos judíos. Y nosotros, si seguimos a Jesús y actuamos como él, no esperemos otra cosa que la crítica y hasta el rechazo, no sólo de los que podríamos decir enemigos, sino también de los más allegados a nosotros. Y es que, como escribe J. A. Pagola, “es difícil que un hombre que se pone a actuar escuchando fielmente a Dios sea bien aceptado en un pueblo que vive de espaldas a El”. Por eso, se pregunta Pagola: “¿No somos los creyentes demasiado “normales” y demasiado bien aceptados en una sociedad que no es tan normal ni tan aceptable, cuando se miran las cosas desde la fe?” Señor, tú no te echaste atrás ante el rechazo, ni te acomodaste a lo que esperaban de ti. Tú continuaste proclamando tu mensaje tan diferente a lo que enseñaban los maestros oficiales, y denunciando sin miedo sus hipocresías e injusticias. Que nosotros, Señor, no nos echemos atrás ante las contrariedades que encontremos para seguirte y dar testimonio de tu mensaje y vivirlo en nuestra sociedad.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
03/02/2013
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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