10 de enero, Feria del Tiempo de Navidad
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
Queridos hermanos: Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano... En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardamos sus mandamientos. (Juan 4,19-20;5,2-3) En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie p1ra hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: - «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. (San Lucas 4, 14-22ª). 1. Sigue desarrollando san Juan el tema del amor, que ocupa toda su carta primera. Y lo primero que nos recuerda es que “Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero”. Es el amor que el Señor nos ha dado el que nos ha hecho capaces de amarle. Fue el Señor el que tomó la iniciativa y dio el primer paso y nos ha amado y dado fuerza para amarle. Todo es gracia. Todo es don del Señor. No, conquista nuestra. ¡Qué agradecidos hemos de estar al Señor, por haber sido tan bueno con nosotros!... ¿Y cómo mostrarle nuestra gratitud, si no es amándole? Pero sin quedarnos en lo de la canción italiana: “parole, parole, parole, soltanto parole!”(Palabras, palabras, palabras, sólo palabras). No hay amor verdadero, si no se concreta en acciones. Por eso, si queremos saber si de verdad amamos a Dios, miremos si vivimos como hijos obedientes y hacemos lo que a él agrada: “en esto consiste el amor a Dios: en que guardamos sus mandamientos”. ¿Es así como amamos a Dios, como le mostramos nuestra gratitud? 2. Por otra parte, nos dice que el amor a Dios ha de ir unido necesariamente al amor al hermano. No es posible amar a Dios sin amar al que está a nuestro lado: “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” Las obras que autentican la verdad de nuestro amor a Dios, son las obras de amor al hermano. No vale presentar como aval de nuestro amor a Dios, nuestras muchas misas o rezos, o la pertenencia a tal o cual cofradía o asociación. ¿Cómo podemos decir con verdad que amamos a Dios, si no amamos a los hijos de Dios a los que tanto ama él? Por eso, nuestra falta de obras de amor fraterno desenmascara la mentira de nuestro amor a Dios. ¿Queremos saber si de verdad amamos a Dios? Miremos qué estamos haciendo por los hermanos necesitados que nos rodean: si no hay entrega al hermano, tampoco hay entrega a Dios. 3. En el evangelio de hoy vemos a Jesús volver a Nazaret. El sábado va a la sinagoga. Le dan a leer el libro de Isaías y, al abrirlo, se encontró con este pasaje: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.” Al terminar, comenta: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.” Con ello, Jesús proclama que el “hoy” de la salvación anunciado por los profetas y tan ansiosamente esperado ya está presente. El ha venido para realizar lo que acaban de escuchar: liberar a los oprimidos por el mal, el sufrimiento, la necesidad, la enfermedad, la marginación... Esto hará Jesús. Y esto hemos de hacer sus seguidores. También a nosotros nos ha ungido el Espíritu -en el bautismo y en la confirmación- para que vayamos y hagamos lo que Jesús. ¿Lo hacemos?, ¿somos liberadores de los oprimidos de hoy? San Lucas resumió la vida de Jesús, diciendo: “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Al final de nuestra vida, ¿podrá decirse de nosotros lo mismo? Señor, danos tu gracia para que así sea.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
10/01/2013
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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