Martes de la 1ª semana de Adviento

Paso la palabra. Para meditar cada día
Martes de la 1ª semana de Adviento
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar." Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron." (Lucas 10,21-24)

1.      Los discípulos han vuelto de su misión de predicar la Buena Nueva del reino y comparten con el Maestro su experiencia gozosa. Es entonces cuando Jesús entona un canto de bendición al Padre, porque se ha fijado en los sencillos, en los humildes, en los poca cosa: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla.” A los sabios y entendidos –a los doctores de la ley y fariseos que se lo sabían todo en materia de religión- observa que les resbalan las cosas del Reino; no les dice nada su mensaje de salvación. Sólo la gente sencilla del pueblo, los ignorantes en asuntos de la ley, (que, por lo mismo, formaban parte del “pueblo maldito”, pues mal podían cumplir la Ley quienes la ignoraban), se abren a su mensaje salvador y se entusiasman cuando les habla del Dios Padre que ama a todos y a todos nos hermana, y tiene misericordia del pecador… Y  de tu corazón dichoso, Señor, brota la alabanza, la bendición al Padre. Y yo, Señor, ¿cuándo aprenderé a ser agradecido y alabar al Padre?            

2.      La gente sencilla sabía poco de las Escrituras, pero tenían un corazón limpio, humilde, preparado para recibir la Buena Nueva que les anuncia Jesús como regalo del amor del Padre. Ellos se sentían necesitados. Anhelaban una palabra de aliento, perdonadora y liberadora, y no creían merecerla. Por eso la aceptan con gozo cuando se les ofrece. Y son “dichosos” porque –por su corazón sencillo y pobre- están viendo cosas que muchos profetas quisieron ver y no lograron ver: que en Jesús el Reino de Dios está irrumpiendo en la historia y venciendo al mal. Los “sabios y entendidos”, no, porque no son capaces de percibir el alborear de la salvación de Dios, pues ni la necesitan ni la desean, porque creen tener seguro el favor de Dios… Y yo, Señor, ¿entre quiénes estoy?  A veces, al ver el entusiasmo y la alegría con que gente sencilla vive su fe y responde a tus llamadas, llego a sentirme empequeñecido. ¡Quién fuera, Señor, menos “sabio y entendido” en tus cosas y amara como ellos aman!

3.      La liturgia de Adviento nos invita a buscar la salvación de Dios, a rogarla insistentemente. ¿Pero cómo buscarla y desearla, si nos sentimos cómodos en nuestro ir tirando, en nuestro pensar que “no soy tan malo como otros”, en cumplir más o menos nuestras obligaciones cristianas? ¡Marana tha! Ven, Señor Jesús, y hazme descubrir mi mediocridad espiritual, mi tibieza, mis esclavitudes. Que sienta necesidad de ser liberado de ellas. Desaloja de mi corazón la soberbia de creerme bastante bueno ya. Dame un corazón pobre, sencillo, limpio, que sepa descubrir tu presencia y, en este Adviento, te acoja con gozo y alegría. Ven,  Señor Jesús, y hazme experimentar la alegría de tu salvación.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

04/12/2012


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •