Lunes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: "Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir." (Lucas 21,1-4). 1. Estaba Jesús sentado frente a los trece cepillos en forma de trompeta, que, para recoger las aportaciones para el Templo, había en el atrio destinado a las mujeres. Observa que hay ricos que echan cantidades importantes; pero lo que llama especialmente su atención es una pobre viuda que echa muy poco, dos reales, una nonada. Jesús comentó: “Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.” La generosidad de aquella mujer pobre le ha conmovido: ha dado todo lo que tenía para vivir, que es como decir que se ha dado “toda ella”. Como ayer, también hoy ¡cuántos ricos que lo tienen todo y malgastan estúpidamente, no quieren compartir, y pobres que apenas tienen para subsistir no dudan en compartir lo poco que tienen!... A mí ¿cómo me evaluaría el Señor en esto de la generosidad? De mi vida, de mis bienes, de mi tiempo..., ¿qué doy a Dios y a los demás? Señor, líbrame de mis egoísmos, de este pensar casi sólo en mí, y dame un corazón generoso como el de aquella mujer pobre. Y haz que los ricos sean más solidarios. 2. Otra lección que aprender hoy: Jesús mira el amor, la generosidad, no la cantidad. Un criterio revolucionario para aquellos tiempos, en los que al escriba y al fariseo lo que le preocupa es lo exterior, lo que se ve. En aquella viuda pobre el Señor descubre un gran amor, un amor más fuerte que su propia necesidad: comparte lo que necesita para vivir, no, lo que le sobra, como los ricos. Es lo que valoró Jesús. ¿De qué sirve dar gran cantidad, si lo que se busca es el aplauso, la aprobación de los demás? Tú, Señor, eres el Dador por antonomasia, y das gratuitamente y sin medida. Tu amor y generosidad son tales, que ni nuestra ingratitud cierran tu mano y tu corazón. ¿Yo doy y me doy así, gratuitamente, sin cálculo, por amor, o mis comportamientos están maleados por la intención interesada, buscando que me devuelvan el favor, o que me aprueben y aplaudan? Por otra parte, ¡qué gran confianza en Dios la de aquella mujer; ella sabía que Dios nunca abandona a quien confía en é!... Señor, purifica mi intención. Que sólo el amor me mueva a compartir y a hacer el bien. Y que confíe siempre en ti. 3. Jesús en diversas ocasiones nos advirtió del peligro de las riquezas y los bienes materiales. Y con razón. Conocía bien el corazón humano y lo fácilmente que se apega a ellos. ¿Por qué la resistencia a dar y compartir? ¿Por qué esas peleas –con ocasión de las herencias- por unos cuántos euros o por unos metros de tierra? ¿No es porque se cree que la felicidad y la vida las da el “tener más”? B. Caballero dice: “El dinero y los bienes nos son necesarios par a vivir, es cierto, pero no son la fuente de la vida ni está en ellos la clave y el secreto de ser persona. Solamente el que ama y vive en solidaridad y apertura a los demás, dándose a Dios y al hermano, tiene vida auténtica y, en definitiva, es feliz porque entiende la vida como sabiduría. El sinsentido de la vida hace su aparición cuando el hombre y la mujer se cierran a Dios y al prójimo; pues, sin relación a estos valores perennes, los bienes y las cosas carecen de referencia que les dé un valor que en sí mismos no poseen para la felicidad humana, como demuestra sobradamente la experiencia.” Ahí están, si no, tantas personas ricas que –teniéndolo todo- no son felices, que viven hundidos en la depresión, y que, como salida a su infelicidad, no encuentran otra puerta, a veces, que el suicidio… ¿No da qué pensar que el mayor índice de suicidios se dé precisamente en los países más ricos? Y es que, como afirma el citado B. Caballero: “La incomunicación con Dios y los demás, la soledad del egoísmo insolidario, el ser rico sólo para sí sin compartir con los otros crean desequilibrios muy lamentables en las personas.” Señor, ¿cuándo los hombres aprenderemos la lección? ¿Cuándo perderemos el miedo a compartir, como la viuda pobre, no “los dos reales” que tenemos para vivir, sino, al menos, lo que malgastamos innecesariamente, y que otros necesitan para vivir?
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
26/11/2012
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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