Sábado de la 32ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: -«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad habla una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara. "» Y el Señor añadió: -«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lucas 18, 1-8). 1. Los discípulos han visto que Jesús, a pesar de su constante ir y venir de un sitio a otro, predicando y atendiendo a la gente, sacaba tiempo para retirarse y orar a solas con Dios. Ellos deseaban hacer lo mismo. Un día le pidieron que les enseñara a orar, y Jesús les enseñó el Padre Nuestro. Hoy, con esta parábola, les explica “cómo te-nían que orar siempre sin desanimarse”. Habla de una viuda, que vive en el desamparo y acude a pedir justicia a un juez de corazón duro, que ni temía a Dios, ni le importaban los demás. Pero la mujer insistió tanto que logró que, aunque a desgana, le hiciera justicia. Y Jesús concluye diciendo que, si hasta un juez malo se deja vencer por la insistencia de la mujer que se lo pide, “Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.” Señor, que no me canse de orar, de llamar a tu puerta, aunque a veces me parezca que guardas silencio. Que insista, porque tu amor siempre responde. 2. El Señor termina con una pregunta que debe hacernos pensar: "cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?" Es decir, ¿tendremos nosotros paciencia y seremos constantes en la oración, aunque Dios tarde en atendernos? Esto es lo que importa, creer firmemente que el Dios Padre, que nos ama con entrañas de misericordia y bondad, escuchará nuestra oración, si perseveramos. ¿Cómo no nos va a atender, si somos “sus elegidos”, si nos ha elegido para ser de “los suyos”? Por eso, hemos de orar con total confianza, seguros de que Dios nos escuchará. Comentando otra parábola sobre la oración, dice san Agustín: "Vete al Señor mismo… y llama con tu oración a su puerta, y pide, y vuelve a pedir... El se levantará y te socorrerá; no por aburrido de ti, sino porque está deseando dar; si ya llamaste a su puerta y no recibiste nada, sigue llamando que él está deseando dar. Demora darte lo que quiere darte para que apetezcas más lo diferido; porque lo concedido aprisa no suele apreciarse”. 3. A veces podemos pensar que para qué insistir en la oración, si Dios ya conoce nuestras necesidades. A esto responde san Agustín: Dios “pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón". ¿No has experimentado que, cuando oras perseverantemente, tu corazón se ensancha, se va vaciando de otras apetencias y aspiraciones, y en ti crece la necesidad y el deseo de Dios y su voluntad? Orar perseverantemente. Porque ¿cómo vivir el evangelio, cómo vivir un compromiso serio por el Reino, cómo vivir la entrega a los otros, sin intereses bastardos, si no oramos, si no nos dejamos llenar del amor? Señor, que descubra la necesidad y el gozo de la oración. Que cada día dedique un rato para estar a solas con Dios. Sin excusarme en que tengo muchas cosas que hacer. ¿No las tenías tú, Jesús?; ¿no las tenía Juan Pablo II, y dedicaba largos ratos a orar?; ¿no las tenían los grandes orantes, como Francisco de Asís, el cura de Ars, Teresa de Ávila y tantos otros? Concédeme, Señor, la gracia de no engañarme con excusas que no son más que “desinterés de ti y de lo tuyo.”
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
17/11/2012
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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