Lunes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Lunes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

“En aquel tiempo, dijo Jesús a uno de los principales fariseos que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte;  te pagarán cuando resuciten los justos.» (Lucas 14,12-14)

1. Una nota esencial del amor de Dios es la gratuidad. Y de eso nos habla hoy Jesús. Tenemos que amar y hacer el bien a los demás gratuita y desinteresadamente, sin esperar nada a cambio. Porque gratuitamente nos ama Dios. Por eso ni siquiera cuando traicionamos su amor, él deja de amarnos. Esto los fariseos no lo entendían ni querían entenderlo ni aceptarlo. Por eso, se escandalizaban de que Jesús acogiera a los pecadores. Para los fariseos las relaciones con Dios eran relaciones comerciales: yo le doy a Dios, y él me da; yo cumplo la Ley, y Dios premia. Aún hay  muchos cristianos que piensan así: creen que necesitan ganarse el amor de Dios a base de cumplir leyes y hacer obras buenas y cumplir promesas. ¡Como si tú, Señor,  fueras “el-que-vende”, y no “el-que-ama”! De ahí que, para muchos, tu evangelio no es gozosa Buena Noticia de salvación, sino carga pesada con la que les cuesta cargar. Señor, que yo crea en tu amor, que crea que me amas, y sienta la necesidad de  amarte. Porque, ¿cómo no amarte a ti que me amas aun en mis pecados y miserias?

2. Porque así obra Dios, Jesús nos dice que hagamos lo mismo. Al que le había invitado le dice: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.” Nuestra “invitación” –nuestro amor- debe ser desinteresada. El cristiano no debe hacer el bien esperando gratitud o recompensa. De ahí que los preferidos de nuestro amor han de ser los que no pueden correspondernos: los  “pobres, lisiados, cojos y ciegos”. Invitar, pues, a los más pobres de los pobres, que son los preferidos de Dios y a los que él invita al banquete de su reino. Entonces seremos dichosos y felices, pues será Dios el que nos premiará en el juicio: “dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.” Recordemos: “lo que hicisteis con uno de éstos, conmigo lo hicisteis…”  Aun ahora -en esta vida-, cuando obramos desinteresadamente, ¿no sentimos una paz y una felicidad honda, muy distinta a cuando el interés anda por medio? “Invitar” –amar, dar, cuidar, etc.- sólo a los amigos y a los que nos caen bien, en el fondo, es egoísmo solapado, compra enmascarada de cariño o recompensa. Si no, ¿por qué,  si el otro no me  corresponde, yo dejo de ser generoso con él?  O ¿por qué, cuando el otro se porta mal conmigo, lo aparto de mi vida? Tú no obras así, Señor. Tú nos amas gratuitamente, incluso cuando no te correspondamos. Que yo haga lo mismo con mis hermanos, Señor.

3. Al terminar esta meditación preguntémonos: ¿qué es lo nos mueve a hacer el bien a los demás?, ¿qué buscamos? Si somos sinceros, admitiremos que muchas veces nuestro amor no es desinteresado y gratuito; sino que con ello buscamos que nos quieran y aprecien y alaben y piensen bien de nosotros... Por eso, ¡qué distinto es nuestro trato a los que nos caen bien y se portan bien con nosotros, del que damos a los nos caen mal o no son nuestros amigos! Seleccionamos demasiado: éste se lo merece, aquél no… Tú, Señor, no seleccionas, tú amas a los buenos y a los malos. Si no, ¿cómo me amarías a mí,  tan lleno de imperfecciones y pecado? Señor, concédeme seguir tu ejemplo. Que ame y haga el bien gratuitamente, como tú.  Sin seleccionar.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

05/11/2012


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •