Domingo 31º del Tiempo Ordinario (B)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 31º del Tiempo Ordinario (B)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: - ¿Qué mandamiento es el primero de todos? Respondió Jesús: - El primero es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay mandamiento mayor que éstos. El letrado replicó: - Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: - No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas. (Marcos 12,28b-34)

1. Hoy, Señor, se te acerca un letrado, pero no llega con la mala voluntad de otros. Este no pretende ponerte a prueba, sino conocer cuál es para ti el mandamiento más importante. Tú le respondes acudiendo a la Biblia: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Para ti, Señor, esto es lo primero: Que Dios sea nuestro Señor, el único Señor, al que hay que amar con un amor que abarque todo nuestro ser.  Hoy, Señor, me pregunto: ¿Es Dios para mí el único Señor?; ¿lo amo con todas mis fuerzas, con todo mi ser? Señor, con los labios eso es lo confieso; pero, en mi vida, ¡cuántas veces no has sido ni eres tú el único Señor, ni siquiera el más importante! En mi corazón hay otros “dioses”, otros “señores”, a los que pongo antes y por encima de ti muchas veces. Señor, dame tu gracia; ayúdame para que logre derribar  los altares que he levantado en mi corazón a otros “señores” que no son tú. Que, por fin, tú seas mi único Señor, que sólo a ti ame con todo mi corazón.

2. El letrado, Señor,  te ha preguntado por el primer mandamiento. Le has respondido. Pero añades algo por lo que no te ha preguntado. Le hablas de un segundo mandamiento: “El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.” Con ello, Señor, unes al amor a Dios, el amor al prójimo. Tanto, que el  cumplimiento del primero no es posible sin el cumplimiento del segundo. No los podemos separar: no hay amor a Dios ni culto que le sea agradable, si no hay amor al prójimo. Lo dijo san Juan: Quien diga que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso. Porque ¿cómo amar de verdad al Padre, no amando a los hijos a quienes tanto ama él? No es buen discípulo tuyo el que sólo ama a Dios; ni lo es el que sólo ama al prójimo. Los dos deben habitar en el corazón del verdadero discípulo. Señor, que no me engañe; que mi amor al prójimo pruebe la verdad de mi amor a Dios. Que pueda romper las barreras que aún me separan de algunas personas.

3. Al oírte, Señor,  el escriba  te dice que tienes razón, que el amor a Dios y el amor al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios.” Tú entonces lo alabas: “No estás lejos del reino de Dios.” Señor, ojalá puedas decir de cada uno de nosotros lo mismo. Nosotros, desde niños, conocemos estos dos mandamientos. Y nos parecen maravillosos. Pero sé, Señor, que conocer y admirar no basta.  Tu Palabra podemos decir que la hemos escuchado y la conocemos de verdad sólo cuando la convertimos en “vida”, cuando la ponemos en práctica.  Concédeme,  Señor, convertir en vida estos dos mandamientos. Pero ¿cómo te amaré a ti y al prójimo, si no me siento amado por ti? Por eso, te pido que me hagas experimentar tu amor.  Sólo entonces podré amarte a ti y amar a los demás como a mí mismo.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

04/11/2012


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