Sábado de la 26ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado de la 26ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: - Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Él les contestó: - Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo. En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: - Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar. Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: - ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron. (Lucas 10,17-24 )

1.      Los setenta y dos discípulos que Jesús había enviado vuelven contentos de su correría apostólica. Les han ido bien las cosas: la gente les ha escuchado y acogido sus palabras, pero lo más importante es que han visto que, en nombre de Jesús, hasta las fuerzas demoníacas se les sometían. Ahora comparten con Jesús su gozo y alegría. Es la alegría del que hace la obra de Dios, y ve que otros acogen el Reino por su testimonio y anuncio del mismo. Pero Jesús les dice que lo que de verdad debe alegrar a los discípulos es que “vuestros nombres están inscritos en el cielo”. Sí, Señor, Jesús, ésta quiero que sea mi mayor fuente de alegría; no, otras cosas,  ni siquiera el éxito apostólico, sino saberme hijo de Dios y hermano de todos los hombres, amado del Padre, y que el Padre me espera en el cielo, donde estás tú, el Resucitado, cuya misión continuamos nosotros.

2.      Oyendo a los discípulos y viendo su alegría, Jesús experimenta que el corazón se le llena de ternura y gratitud hacia el Padre, y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”. Los sabios y entendidos – los doctores y conocedores de Ley, que eran tenidos por sabios y prudentes-  se han encerrado en su soberbia de sabios y poderosos, y se niegan a acoger el mensaje de amor de Dios que Jesús les anuncia; en cambio, los pobres y la gente sencilla del pueblo, los ignorantes que desconocen la ley y apenas cuentan, sí están acogiendo con alegría la Buena Nueva de la salvación que Jesús les proclama. Y entre estos pobres y débiles están los discípulos. Y nosotros ¿entre quiénes nos encontramos? Vacía, Señor, mi corazón de toda “sabiduría” engreída y soberbia y dame un corazón sencillo y humilde, confiado y abierto a tu amor. Que acoja tu evangelio sin reservas, sin ponerle “peros”, con el corazón generoso de Francisco de Asís, que decía que "el evangelio no se justifica, se vive...."  Así, sin más.

3.      A los suyo Jesús les dice: “¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.”  Efectivamente,   dichosos debían sentirse aquellos a quienes se les ha revelado el misterio del amor de Dios y los comienzos de la salvación. Esta es también nuestra dicha, la de los cristianos, a quienes nos ha concedido el Señor, gratuitamente, conocer y sentir lo mucho que nos ama, y experimentar su salvación. Gracias, Señor, por tu gran bondad y misericordia con nosotros. Como tú, Señor, yo quiero alabar y dar gracias constantemente al Padre por este maravilloso regalo.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

06/10/2012


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