Lunes de la 25ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: "Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener". (Lucas 8:16-18) 1. La Palabra de Dios acogida con amor es luz que ilumina nuestras vidas y las convierte en luz. Pero la Palabra con su fuerza iluminadora no se nos entrega sólo para guardarla cuidadosamente; es para ponerla al servicio de los demás. Es lo que nos enseña hoy el Señor con la parábola del candil: "Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz”. Tapar el candil o ponerlo debajo de la cama, sería un comportamiento necio. Cristo nos ha dado a los suyos su Palabra, la Buena Nueva para que la expandamos, para que, colocada en lo alto, en el candelero, ilumine a todos. Lo que a los discípulos se les ha revelado y han gustado en el trato íntimo con Jesús, han de darlo a conocer a todos. Esta es la misión de todos los miembros de la comunidad de Jesús… Nosotros, ¿qué hemos hecho de la luz recibida? Si el mundo anda tan desorientado, tan en tinieblas, tan sin la luz del evangelio, ¿no será, Señor, que los cristianos que tenemos que iluminar no iluminamos? 2. Los Apóstoles no escondieron lo que Jesús les había revelado. Lo que ellos aprendieron y experimentaron conviviendo con él lo comunicaron a los demás. Y así, de generación de generación, ha llegado a nosotros. Ahora nos toca a nosotros comunicarlo a los de esta generación. No hacerlo, sería traicionar nuestro “ser discípulo”. Porque, como dice A. Stöger, “la acción apostólica es una “ley natural” del discípulo de Cristo.” ¿Estoy iluminando yo? Mi familia, mis amigos, los que me tratan, ¿se sienten alumbrados por mi vida, mis obras y mi palabra, todo impregnado de evangelio? ¿Para ellos soy faro de evangelio encendido o soy faro apagado que sólo proyecta sombra? Bien sabemos que los peores enemigos del cristianismo, muchas veces, no son los anticristianos sino los malos cristianos. Señor, reconozco que fallo muchas veces. Ilumíname para que ilumine. 3. “A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener", dice Jesús. El fruto de la Palabra depende de cómo la acogemos, como vimos al meditar la parábola del sembrador. El mucho o poco fruto de la semilla de la Palabra de Dios, no depende ni del sembrador ni de la semilla, sino de nuestra acogida. La Palabra que se nos ha entregado es el capital con que hemos de trabajar. Y en los negocios, el que tiene y trabaja bien, tiene más; y el que no, pierde hasta lo que tiene. Así ocurre con el tesoro de la fe y de la gracia. Si trabajamos, es decir, si lo vivimos, si lo ponemos por obra, y lo damos a conocer, el Señor lo acrecienta. Si no, disminuye y, al final, incluso se pierde lo poco que aparentemente se tenía. ¿No lo hemos visto en muchos? Y en nosotros mismos ¿no lo hemos experimentado? Cuando vivimos nuestra fe y la alimentamos y la compartimos con los demás, ¿no experimentamos que crece en nosotros? Y cuando no, ¿no sentimos que languidece y se va apagando, y la frialdad espiritual nos va invadiendo? ¡A cuántos se les ha muerto la fe por no cuidarla y alimentarla! Señor, que viva lo que creo, que cuide mi fe, que comunique a los demás lo que tú me has comunicado gratuitamente. Si a mí me hace tan feliz, ¿cómo no comunicarla para que otros sean felices también? Y si no, ¿qué discípulo seré?
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
24/09/2012
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
|