Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: "Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga." Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: "Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; y a mi criado: "Haz esto", y lo hace." Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: "Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe." Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano. (Lucas 7:1-10).

1. Que el centurión romano acudiera a Jesús debió sorprenderle y aliviar su corazón de tantos desengaños de su pueblo. Los dirigentes de Israel le están rechazando; éste, un pagano y militar al servicio de Roma -despreciado por ello por los judíos-, sí confía en Jesús y le envía una embajada que le pida que cure a su  criado. Pero, sobre todo, ¡qué acto de humildad y de fe el de este hombre: no se cree digno de presentarse ante Jesús y, cuando le dicen que Jesús viene a su casa, le envía un mensaje diciéndole: "Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano…” Y desde entonces generaciones y generaciones venimos escuchando el elogio que hizo Jesús de la fe de aquel hombre: “Os digo que ni  en Israel he encontrado tanta fe.” Y su humilde confesión la decimos los cristianos antes de acercamos a comulgar. Señor, que, cuando yo la diga,  la diga con la sinceridad y humildad de aquel  centurión.                                                                                                                

2. Los Profetas habían anunciado la venida del Mesías a Israel. Durante largo tiempo le habían preparado para esa venida. Pero el Mesías ha venido, está con ellos, pero ellos no creen en él. El centurión, en cambio, un impuro pagano, sí ha creído. Y en Jesús ha buscado y encontrado la curación de su criado. Porque Jesús trae la salvación para todos, y no hace distinción entre judíos o paganos. Sólo hace falta que se crea en él, que se abra el corazón a su palabra, una palabra poderosa que hace lo que dice si se recibe con fe. El centurión tiene experiencia de la fuerza de la palabra del que está constituido en autoridad: él dice a uno: “Ve”, y va; y a otro: “Ven” y viene... Y si él, que es un subordinado de otros jefes, es obedecido, -piensa- ¿cómo la enfermedad y el mal no van a obedecer al que es Enviado de Dios, al que es el Señor? Por eso dice a Jesús: “Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. Señor, concédeme la fe firme, humilde y sencilla del centurión. Me reconozco enfermo de egoísmo, de comodidad, de orgullo, de soberbia, de sensualidad. Que hoy crea  -con la firmeza y la confianza del centurión- en la fuerza sanadora de tu palabra y en tus ganas de liberarme y hacerme feliz.  Escúchame, Señor: di tu palabra sobre mí, y quedaré sano.

3. Otra lección nos da hoy el Señor: ¡qué abiertos tiene los oídos para escuchar a los que, desde el sufrimiento,  le llaman y qué decidido el corazón a acudir a sus llamadas! El  centurión ni siquiera va verle, le expone su problema por medio de otros. Y Jesús se va enseguida con los mensajeros para atender al enfermo… Señor, ¡cuánto me cuesta acudir a las llamadas de ayuda de los demás! Fácilmente me hago el desentendido o me disculpo. Dame, Señor, un oído atento a las peticiones de los necesitados, y un corazón generoso para acudir pronto en su ayuda.                             

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

17/09/2012


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