Jueves de la semana 16ª del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure." ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.» (Mt 13,10-17). 1. Las parábolas con las que Jesús expone a la gente el Reino no parecen demasiado difíciles y complicadas. Pero los discípulos observan que son pocos los que acogen el mensaje de Jesús, y se preguntan si será porque la gente no llega a entender las parábolas. Y le preguntan: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Aunque bien sabemos que, así como no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír, tampoco hay “peor entendedor” que el que no quiere entender. Era lo que pasaba a muchos de los que escuchaban a Jesús; aferrados al espíritu nacionalista fomentado por los fariseos y escribas, aunque escuchaban a Jesús y admiraban lo que hacía, no llegaban a entender ni se deciddían a adherirse a él, aceptándolo como Mesías. ¿O tal vez temían “entender”, Señor? Porque ¿no me ocurre eso a veces? Cuando tu Palabra tiene aristas, cuando corta y punza y duele demasiado, me da miedo entender lo que me pides, y entonces doy un paso atrás y comienzo a buscar explicaciones más cómodas, más sin complicaciones. Señor, Dios mío, ¿hasta cuándo temeré a tu Palabra? Ten misericordia de mí. Conviérteme, Señor. 2. “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.” La Palabra del Señor hay que escucharla con corazón humilde, sencillo, libre de prejuicios, y sin miedo a que nos desinstale y nos complique la vida. A los fariseos y a los dirigentes judíos era lo que les faltaba. Sólo el oyente humilde y sin prejuicios llega a conocer el misterio del reino de Dios. Jesús llama a todos, a todos dirige su palabra. Pero en el corazón de cada uno se decide si se acepta o se rechaza su llamada. Lo del canto aquél: “un sembrador fue a sembrar / lo mejor de su semilla, / parte caía en el surco, / parte en la orilla; / la primera daba fruto / porque el agua la asistía, / la segunda se agostaba / y se moría. /No es culpa del sembrador, / ni es culpa de la semilla, / la culpa estaba en el hombre, / y en cómo la recibía”. No fallas tú, Señor, no falla la Palabra. Falla nuestro corazón que no se abre a ella. Señor, que yo, libre de miedos y prejuicios, escuche y acoja tu Palabra con grandes ansias de sentirme iluminado y cambiado por ella. 3. “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen.” Lo que los discípulos están viendo y oyendo es lo que muchos justos y profetas anhelaron ver y escuchar, pero no se les concedió… Señor, ¡que maravilloso, si de mí puedes decir un día que soy dichoso porque no me he negado a ver ni a oír el misterio de amor que has querido revelarme! Gracias, Señor, por haberme llamado a ser de los tuyos. Perdona las veces que, ciego y sordo, no he querido ver ni oír tu amor. Dame, Señor, unos ojos nuevos y un oído atento para ver y escuchar lo que quieres de mí en cada momento de mi vida y te responda generosamente.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
26/07/2012
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