Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Algunos escribas y fariseos piden a Jesús un signo que les pruebe de manera inequívoca que él viene de Dios, que Dios está con él: “Maestro, queremos ver un signo tuyo” le dicen. En realidad lo que intentan es manejar a Dios, lograr que la voluntad de Dios se someta a la suya, en vez de someterse ellos a la voluntad de Dios. ¿No es la tentación que a veces nos acecha? Rogamos: “Señor, cura esta enfermedad; Señor, que las cosas sean así o asá”. Y si Dios no se pliega a nuestro ruego, llega la duda de si la religión sirve para algo, o si rezar vale la pena, etc. Cuando, Señor, estamos viendo constantes signos de tu amor... Pero no sabemos verlos, pues no son los signos que esperamos. Como los dirigentes religiosos de entonces no veían la mano de Dios en los milagros que hacías, porque no eran los signos que esperaban del Mesías “poderoso” que soñaban… Señor, abre estos ojos míos tan ciegos, que sepa ver las muchas muestras de tu amor que me das cada día. Que no intente manejarte, sino aceptarte.
2. Jesús rechaza de plano la pretensión de los escribas y fariseos, y denuncia su hipocresía. Piden un signo, porque en lo que Jesús ha dicho y hecho hasta ahora no han querido ver las obras del Mesías. Por eso exigen una señal extraordinaria, en la que aparezca claramente que es Dios el que obra por él. Mucha gente del pueblo sí han sabido ver la mano de Dios en las acciones que viene haciendo Jesús. Pero los escribas y fariseos, ahí siguen, duros, y cerrándose a las llamadas a la conversión que les hace Jesús. Hasta han intentado desprestigiarlo, diciendo que los milagros los hace en nombre de Belcebú, para así alejar de Jesús a la gente que le seguía. Ahora Jesús les niega el signo que le piden, pero les anuncia uno más asombroso para más tarde: su muerte y resurrección, prefigurada en la historia de Jonás: “Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el de Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra”… Señor, ¡cuánto nos cuesta aceptarte! Ni los milagros nos convencen. Siempre encontramos excusas para escaparnos de ti. Hoy te pido que no sea tan ciego y sordo como aquellos escribas y fariseos. Que vea los muchos signos que me ofreces cada día, y las muchísimas pruebas de tu amor que me das y me has dado… Que, como a Francisco de Asís, todo me hable de tu amor.
3. A los escribas y fariseos aquellos les dijo Jesús que serían acusados por los de Nínive y la reina del Sur, porque los ninivitas escucharon el testimonio de Jonás y se convirtieron, y la reina de Saba hizo un largo viaje para escuchar a Salomón. Y ante ellos está él, que es el enviado del Padre, que predica una sabiduría nunca escuchada antes y que acompaña su predicación con un sinfín de milagros a favor de los que sufren, y ellos ni se convierten ni aceptan su mensaje de salvación. Por eso, “Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón." Señor, ¡qué triste si en el juicio los ninivitas y la reina de Saba me pueden echar en cara que ellos hicieron más caso a Jonás y a Salomón que yo te hago a ti!… Que no sea tan duro de corazón como los de tu tiempo. Que escuche, Señor, la llamada a la conversión que hoy me haces. Que no te dé más largas, que me convierta definitivamente a ti.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.