Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Continúa el Señor invitándonos a no quedarnos en la letra de los mandamientos, sino a profundizar en el espíritu de los mismos. Hoy nos recuerda: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso" y "Cumplirás tus votos al Señor". El juramento en falso es una injuria contra Dios, pues supone poner a Dios, que es veraz, al servicio de la mentira, haciéndolo testigo de una falsedad. Pero Jesús nos dice que también en esto los suyos hemos de ir más allá de la letra y no quedarnos en “no jurar en falso”. Los suyos hemos de buscar el espíritu del mandamiento, es decir, la intención de Dios cuando lo proclamó en el Sinaí: que las relaciones entre las pesonas estén basadas en la sinceridad. ¿Por qué se acude al juramento? Porque, en el fondo, estamos convencidos de que no podemos fiarnos de la sinceridad de la palabra del otro. Pero en la comunidad de Jesús las relaciones entre sus miembros han de estar regidas por el clima de sinceridad y confianza que quiso Dios al principio. Por eso no habrá necesidad de recurrir al juramento para avalar la verdad de lo que decimos. Bastará decir “sí” o “no”. ¿Cómo andan de sinceridad nuestras relaciones con los otros? Señor, que en mi vida mi “sí” sea “sí”, y mi “no”, “no”. Que mi palabra y mi vida estén tan llenos de sinceridad que sean creíbles por ellas mismas, sin más.
2. Los que hemos creído en Cristo, que es la Verdad, hemos de ser “los de la verdad”. Por eso lo nuestro será ser siempre sinceros, sencillos y transparentes. Con Dios, primero; que podamos presentarnos siempre ante él y hablarle sin ruborizarnos, sin intentar hacer trampa, sin disimular lo que hay en nuestro corazón. Y después, con los otros; si somos sinceros con el Señor, podremos serlo con los demás…, y con nosotros mismos. Meditando esto, pienso en ti, Señor, en la sinceridad de tu vida y de tu Palabra. En esa sinceridad radicaba la autoridad que transmitía tu persona y que percibían los que te escuchaban: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre», dijeron los soldados. Señor, enséñame a amar la verdad como tú. Y a decirla sin miedo ni tapujos, sin pretender disfrazarla. Señor, que nunca pretenda hacerte trampa ni hacerla a los demás.
3. Lo que ocurre, muchas veces, es que nos da miedo comprometernos con el Señor, y no queremos reconocerlo. ¿No nos damos cuenta de que a veces tratamos de nadar y guardar la ropa, de decirle a Dios que sí y decirle, a la vez, que no, y entonces tratamos de mentirnos a nosotros mismos? No queremos aceptar las exigencias del Señor, pero tememos la condena de nuestra propia conciencia. Y entonces tratamos de ocultar a Dios –y a nosotros mismos- algunas parcelas de nuestra vida no del todo limpias... Señor, que crea más en tu amor y misericordia, y no tema reconocer mis fallos y presentártelos a ti. Señor, Dios de la Verdad, concédeme andar siempre en la verdad contigo, con los demás y conmigo mismo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.