Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Empezamos a meditar la llamada “oración sacerdotal de Jesús”, una larga oración que Jesús dirige al Padre en la noche de la última cena. Es la hora de Jesús. Jesús ha hablado muchas veces de “su hora”: La hora de darlo todo, de llevar a la plenitud el cumplimiento de la voluntad del Padre, de la entrega total para salvarnos, la hora de de su muerte. Jesús acepta con toda serenidad esta “hora”, que es también la hora de la victoria, de ser glorificado por el Padre: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste.” ¡Cuánta ternura en tu corazón, Señor, llamando a Dios “Padre” y hablándole de los tuyos, de los que el Padre te ha confiado, de tu comunidad! Ellos quedan en el mundo, pero sin ser del mundo. Por eso rezas por ellos. ¡Qué impregnada de amor al Padre y de amor y preocupación por los tuyos esta oración, Señor!
2. Al llegar al final de su vida en la tierra, Jesús mira hacia atrás y ve que su vida está llena: ha cumplido la misión que el Padre le encargó, lo ha glorificado. Ahora espera confiadamente que el Padre lo glorifique a él en la resurrección y lo lleve con él: “Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese”. Señor Jesús, concédenos que, cuando llegue el final de nuestros días en la tierra, al mirar nuestra vida, veamos que está llena y podamos decir que hemos glorificado al Padre, que hemos coronado la obra que nos encomendó. Entonces esperaremos el encuentro con Dios con la confianza y los deseos de unirnos a él con que tú viviste los últimos momentos de tu vida. Señor Jesús, que no perdamos el tiempo. Que desde ya preparemos ese encuentro viviendo como tú viviste. ¡Qué triste, si ocupados en otros menesteres, le vamos dando largas, y nos olvidamos de lo importante, de lo que de verdad merece la pena!
3. “He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra.” Nosotros somos hoy ésos que el Padre dio a Jesús. Hemos recibido su palabra y queremos guardarla. Pero guardarla no es esconderla, sino entregarla, proclamarla, darla a conocer a los hombres: ahí están nuestros amigos y familiares, la gente con la que convivimos, trabajamos o nos encontramos, que esperan y necesitan que se la entreguemos. ¿Les estamos fallando porque nuestra vida y nuestras palabras no les manifiestan -como debieran hacer- el rostro de Dios, lo que el Padre espera de nosotros y lo que prepara para los que le aman? Señor, en aquella noche a todos nos tenías en tu pensamiento y en tu corazón y rogaste al Padre por todos. Sabías que en el mundo íbamos a tener dificultades en nuestro camino cristiano para cumplir tu encargo. Continúa rogando, Señor, por nosotros. Y danos el Espíritu Santo que nos guíe y anime en nuestro ir al Padre y cumplir nuestra misión.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.