Domingo VII de Pascua – La Ascensión del Señor (B)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: - «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. (Marcos 16,15-20) 1. “Se apareció Jesús a los Once y les dijo: - «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación… Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. ” Para Jesús, la Ascensión es llegada, final: él vuelve al Padre, se va con su Abbá, después de cumplir la misión de mostrar a los hombres el amor de Dios, con la entrega total de su vida. En el cielo el Padre lo acoge y lo sienta a su derecha y lo constituye Kyrios, Señor. Y los dos llevan al colmo su unidad, su amor. Pero para sus discípulos, para la Iglesia, es punto de partida: empieza su tarea. Como dice el himno de Laudes: “Partid frente a la aurora. – Salvad a todo el que crea. - Vosotros marcáis mi hora. – Comienza vuestra tarea.” Antes de irse Jesús deja como encargo a sus discípulos el predicar el evangelio a todos. Y hoy sus discípulos somos nosotros. Esto es lo nuestro: Ir y proclamar a todos su Evangelio, la buena noticia de que el Padre nos quiere y quiere tenernos a todos con él. Mientras estuvo físicamente entre los hombres, Jesús lo hacía directamente predicando, amando, acogiendo a los pobres y enfermos, curando, liberando, consolando, perdonando; ahora lo tiene que hacer mediante su Iglesia, a través de nosotros los cristianos. Y con el mismo estilo que Jesús. No es posible otro. ¿Lo estamos haciendo nosotros? Señor, ¡qué maravilloso sería que se pudiera escribir de nosotros lo que san Lucas escribió de aquellos cristianos de la primera generación: “Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes.” Señor, que nos queme en el corazón tu encargo, que no podamos callar la buena noticia que nos has entregado. 2. “… y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”. La fiesta de hoy debe poner en nuestros corazones una honda e inmensa alegría. Jesús sube al Padre, es glorificado. Pero no se ha alejado de nosotros. Comienza a estar de otra manera con nosotros. Podríamos decir que con una presencia aún más potente. Porque antes lo estaba con una existencia humana, sujeta a los condicionamientos de espacio y tiempo; pero ahora lo está con una existencia resucitada, no sujeta a esas limitaciones. Ahora está en todas partes y nos acompaña siempre: “Yo estaré con vosotros todos los días.” No le vemos, pero está con nosotros y actúa en, con y por nosotros. ¿No lo hemos experimentado muchas veces? Señor Jesús, sí, sabemos que no nos has dejado solos; que nos acompañas y nos ayudas para que podamos realizar la tarea que nos has encomendado. Gracias, Señor, por amarnos tanto y habernos elegido. 3. Además de llenar nuestros corazones de alegría, la fiesta de hoy debe pone en ellos una inmensa esperanza. No celebramos el recuerdo de un acontecimiento pasado, sino la presencia siempre nueva, real aunque misteriosa, de Jesús. Presencia ausente, como la ha llamado alguno. Celebramos el triunfo de Jesús, triunfo de Jesús es garantía de nuestro triunfo: Yéndose, subiendo al Padre, Jesús nos proclama nuestro destino: estar con el Padre, con nuestro Abbá, vivir eternamente en Dios. Si vivimos una vida entregada, ahí llegaremos. Jesús nos ha abierto la puerta. Volvamos al himno de Laudes: “El cielo ha comenzado. – Vosotros sois mi cosecha. – El Padre ya os ha sentado – conmigo, a su derecha. “ Hoy, Dios y Señor nuestro, te rogamos con la Liturgia: “Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias…, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestro victoria, y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Por Jesucristo nuestro Señor.”
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
20/05/2012
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