Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: «¿Adónde vas?». Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón”. Recordemos que Jesús habla a los suyos después de la última cena. Les dice que él se va, que vuelve al Padre que lo envió. Pero los discípulos no entienden su marcha a través de la muerte como retorno al Padre, sino como final de todo. Por eso la noticia les produce una gran tristeza. Tanto, que ni se atreven a pedirle explicaciones… San Agustín comenta: “Les daba miedo el pensamiento de perder la presencia visible de Jesús… Su afecto humano se entristecía al pensar que sus ojos no experimentarían más el consuelo de verlo ”(Comentario Evangelio de Juan, XCIV, 4). Y es que ellos han vivido con Jesús, le han escuchado, han gustado su amor, y piensan que no van a saber vivir sin él. Señor, haznos gustar a nosotros tu amor, para que tampoco podamos vivir ya sin ti. Que sintamos la necesidad de tu presencia con nosotros, como los Apóstoles la sentían.
2. “Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor”. Jesús les anima a superar la tristeza. No han entendido bien. Su “irse” al Padre no es un adiós definitivo: es un “ocultarse” momentáneo. El no les dejará huérfanos. Estará con ellos pero de otra manera. Hasta ahora la presencia de Jesús ha estado circunscrita a donde estaba su cuerpo físico, limitada por el espacio y el tiempo. Pero la resurrección hará posible que todos, estén donde estén, experimenten su presencia y su amor… Además, se va para enviarles el gran regalo del Resucitado a los suyos, el Defensor, el Espíritu Santo, que les hará participar de su vida nueva de Resucitado. Si él no se va, el Defensor no vendrá a ellos; pero si él vuelve al Padre, podrá enviarlo a los discípulos. La partida y la separación son condición previa para la venida del Defensor. Por eso Jesús les dice que conviene que él se vaya, que muera. Entonces comprenderán lo que les ha dicho repetidamente: que es necesario que muera para resucitar. Señor, derrama el Espíritu también sobre nosotros, que nos haga vivir tu vida y ser como tú. Y nos ha comprender que para vivir tu vida nueva, hay que morir a la vieja.
3. “Os conviene que yo me vaya”, dijiste a los discípulos, Señor. Sí, ahora lo veo claro: convenía que entraras en la muerte, para resucitar; que te fueras al Padre, para enviarnos al Espíritu Santo, que nos acompañe siempre y haga que no nos sintamos solos, que nos ilumine y nos fortalezca para caminar hacia el Padre, hasta que tú vengas de nuevo para llevarnos contigo… Sin embargo, cuántas veces nos dices: “conviene”… y no terminamos de creer y de fiarnos de ti. Dices: Conviene romper con esto, conviene hacer esa renuncia, conviene cruzar ese túnel de oscuridad, conviene pasar por ese fracaso, por esa incomprensión… Y nosotros, sin fiarnos. Señor, que creamos que tú sabes mejor que nosotros lo que nos conviene en cada momento; que nos fiemos de ti, que nos pongamos en tus manos siempre; que creamos que cuando tú dices “conviene”, es que ¡conviene!
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.