Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. En el evangelio y la carta de san Juan que leemos hoy nos hablan del amor. Son dos lecturas que rezuman ternura y son capaces de levantar el ánimo del más abatido y llenar de alegría cualquier corazón. Sin embargo, hay cristianos que las escuchan con cierto temor. Y es que las ecuchamos como una norma que hay que cumplir a fuerza de “puños” y renuncias: “tenemos que amar.” Cuando lo que el Señor nos dice es sencillamente esto: “Vivid como lo que sois, como yo vivo según lo que soy”. Jesús vive el amor porque es Hijo de Dios, que es amor. El no podía sino amar como ama el Padre, que no hace distinción entre buenos y malos. Y los cristianos somos los que hemos nacido de Dios. Nosotros fuimos bautizados (=sumergidos) en el nombre del Dios-familia en el que creemos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espítiu Santo. Por eso Jesús nos dice: Vivid como hijos del Dios-Amor, como quienes han sido sumergidos en el Amor que es Dios. Jesús no nos impone, pues, una norma externa, sólo nos recuerda lo que somos y nos invita a ser nosotros mismos. ¿Amamos a todos sin reservas, sin distinción, nos caigan bien o nos caigan mal, piensen como nosotros o no, nos quieran o nos odien, o nos dejamos ahogar por nuestros egoísmos y rencores, por nuestras perezas y envidias?
2. “Dios es amor”, afirma san Juan. Y aclara: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.” Esto es lo primero que tenemos que escuchar y lo primero que tenemos que creer y pedir. Porque amar a Dios y amar a los demás sólo es posible para el que se ha sentido amado por Dios, para el que ha tenido la experiencia personal de sentirse querido, aceptado, comprendido y perdonado por Dios. Y cuando tenemos esa exeriencia, las palabras de Jesús sobre el amor a Dios y el amor al prójimo no las percibimos como obligación impuesta, sino como necesidad que brota de dentro, de un corazón cambiado, reblandecido y enternecido por Dios que es Amor. Dice J. Gafo: “es todo el ser humano el que se siente inmerso en una vivencia de amor, que ya no puede hacer distinticiones entre unos y otros; en que ya no es posible “la ascepciónd de personas”, de la misma forma que Dios, que es Amor, tampoco la puede hacer.” Eres tú, Dios mío, el que nos ganas para el amor y nos haces vivir en el amor. Tú nos amas primero y con ello nos capacitas para amar. Gracias, Señor, por tanto amor.
3. El domingo pasado nos decía el Señor: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.” Y hoy nos dice algo parecido respecto al amor: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.” Es decir, como Jesús entra en la corriente de amor del Padre, y se deja amar por él, así nosotros sumerjámonos en la corriente de amor de Jesús y dejémonos amar por él. Entoces podremos amarle como él ama al Padre, y metidos en esa corriente de amor, nos amaremos –sin esfuerzo- entre nosotros, como Jesús nos ha amado. ¡Ah!, pero ¿cómo permanecer en este amor, si no nos acercamos y nos dejamos caldear por el Amor, en la escucha amorosa de la Palabra y en la oración?…. Y esto nos lo dice el Señor, porque quiere que seamos felices y participemos de su alegría: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.” Efectivamente ¿hay alegría y felicidad mayores que la se sentirse uno amado y querido y, a su vez, querer y amar? Amemos, pues, a Dios y a los hermanos, y particiepemos de la alegría y felicidad del Señor
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.