Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. "…el que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos él y haremos morada en él..." “Guardar la Palabra” no es cumplirla fríamente como se cumple una ley cualquiera; es acogerla amorosamente como don salvador de Dios, es vivir los mismos valores que Jesús, comportarse como él. Acogerla como la cogió María. Es esa acogida -que a la vez es entrega- la que nos convierte en “morada de Dios”, como ocurrió en María: “vendremos a él y haremos morada en él.” Entonces nuestro Dios ya no es un Dios lejano, sino un Dios íntimo, que nos habita, que está en nosotros y con nosotros en todas las circunstancias y en todos los lugares. ¡Qué maravilla ser templo vivo de Dios, estar habitado por la familia trinitaria: El Padre que nos ama como hijos; el Hijo que nos ama como hermanos, y el Espíritu “que intercede por nosotros con gemidos inefables”, que dice san Pablo! ¡El cielo en nuestro corazón! Para encontrarnos con Dios no necesitamos buscar fuera, sino descubrir y aceptar su presencia amorosa en nosotros. Pero ¿cómo voy a encontrarme contigo, Señor, y escucharte, si soy tan “forastero” de mí mismo, si vivo tan “enajenado” en las cosas del mundo? Señor, que viva más “en mí mismo”, que busque “adentro”, donde tú habitas.
2. Jesús, antes de irse, nos promete el Espíritu, el Defensor, que nos lo enseñará todo y nos irá recordando todo lo que él nos ha dicho, y nos lo hará comprender: “Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.” Ha sido Jesús el que nos reveló todo el misterio del amor de Dios. Pero ese misterio es tan hondo y ancho que no terminamos de comprenderlo. El Espíritu es el que nos recuerda todo lo que Jesús ha dicho y hecho y nos ilumina para que lo vayamos comprendiendo y sepamos aplicarlo a cada circunstancia concreta de nuestra vida. Gracias, Señor Jesús, porque no nos has dejado solos, porque el Espíritu está con nosotros. Ahora, mientras estoy orando, envíame el Espíritu Santo que me recuerde tu amor y me lo haga comprender.
3. Ven Espíritu Santo. Si tú no guías nuestra vida, ¿a dónde iremos? Ven, que sin tu aliento vivificador, nuestra fe se queda en mera doctrina sin vida, y nuestra vida cristiana en vacías prácticas rutinarias. Ven y haz que vivamos cada vez más en comunión de vida con el Padre y con el Hijo. “Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a creer en ti como ternura y proximidad personal de Dios a los hombres, como fuerza y poder de gracia que puede conquistar nuestro interior y dar vida a nuestra vida.” (J. A. Pagola.)
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.