Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los de Emaús contaban a todos cómo Jesús se les había unido en el camino y que lo habían reconocido al partir el pan. Los que escuchaban -que estaban reunidos por miedo a los judíos- sin duda pensarían que era algo maravilloso, pero no terminaban de creerles. Y Jesús se les presenta en medio de ellos, pero no lo reconocen, sino que creen que es un fantasma. (Jesús está en medio de ellos, pero con otra corporeidad, con un cuerpo glorificado. Por eso no lo reconocen.) Él les dice: «Paz a vosotros… ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? …». Señor, hay momentos en nuestra vida en los que llega la enfermedad, la desgracia, los problemas de mil clases, se repiten nuestros pecados… Y nos asustamos, y la duda y el desánimo se meten en nuestro corazón. Cómo necesitamos, Señor, que en esos momentos te hagas presente en medio de nuestra vida y nos des tu paz, como a los apóstoles y nos convenzas de que has resucitado, que vives y estás con nosotros. Ven en nuestra ayuda en esos momentos, Señor.
2. “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Nosotros hemos creído en el Resucitado. Cada domingo –algunos, cada día- nos reunimos para celebrar la Eucaristía. El Señor Jesús Resucitado se nos hace presente para darnos su Paz, para hacernos entender las Escrituras y partirnos el Pan. La pregunta sería ésta: ¿Nuestras eucaristías son de verdad un encuentro con el Resucitado, una experiencia de resurrección? ¿Nos dejamos resucitar, sacar de nuestros miedos y cobardías y pecados? L. Evely decía: “Para muchos de nosotros la cuestión difícil no es saber si tenemos fe en la Resurrección, sino en saber si sentimos ganas de resucitar." ¿Sentimos nosotros esas ganas? ¿Ansiamos resucitar?
3. -«Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día…. Vosotros sois testigos de esto.» Ser testigos de Jesús resucitado. Ese es el encargo que nos hace hoy el Señor. Pero para ser testigos del Resucitado no bastan las palabras; la auténtica manera de testificar que Jesús ha resucitado es mostrar que vivimos un vida de resucitados, que el Espíritu del Resucitado nos habita y nos hace obrar las obras del Resucitado. Los demás ¿ven eso en nosotros? Por ejemplo, ¿pueden ver que nuestra vida es menos egoísta, que nos preocupamos más de los problemas de los otros, que nos complicamos la vida para ayudarles, que les dedicamos nuestro tiempo? ¿Pueden ver que somos humildes y pacientes, que hay alegría y paz y esperanza en nosotros, a pesar de la enfermedad, de los problemas que podamos tener? Si no es así, ¿qué testimonio podemos dar? ¿Cómo van a creer que Jesús ha resucitado y vive? Dice J. Gafo: “Toda experiencia del Resucitado debe transformar el corazón, debe convertirnos en cristianos, en seguidores e imitadores de Jesús ...por eso, nuestras pobres manos y nuestros pobres pies están llamados a pasar por la vida como El pasó: siendo manos que acarician, manos que dan afecto y calor, manos que curan el dolor y la soledad, manos rotas que dan con generosidad lo que somos y lo que tenemos. Y pies que se cansan de trabajar, aunque muchas veces nos sintamos desbordados por el estrés, por la monotonía y por la rutina.” Señor, transfórmanos para que seamos verdaderos testigos de tu Resurrección en nuestros ambientes.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.