Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. A aquellas mujeres -las que estuvieron al pie de la cruz con María, la Madre de Jesús- les empujó el amor a madrugar. Se han levantado con una obsesión: ir al sepulcro para estar con el Señor. Y se han encontrado con que un ángel les dice que el que buscan no está allí, que ha resucitado. Y, locas de alegría, corren a anunciarlo a los discípulos. De pronto, el Señor les sale al encuentro. Tal vez el Señor no esté donde le buscamos. Pero nunca la búsqueda sincera queda frustrada. El Señor siempre sale al encuentro del que le busca con corazón sincero… ¡Ah, Señor Jesús, si yo te buscara siempre con corazón enamorado como el de aquellas mujeres! ¡Si en vez de quedarme -tántas veces- sentado sobre mi pena y mi desgracia, llorando mi soledad, te buscara con el ansia de ellas…! Que hoy, Señor, aprenda la lección.
2. “Jesús les dijo: - No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Los encuentros con el amor del Señor no son para guardarlos; es preciso comunicarlos, gritarlos a los que queremos. ¿Quién no grita su alegría cuando la alegría se le ha metido en el corazón? ¿Cómo guardar para nosotros solos el gozo del encuentro con el que amamos? Cuando no tengo nada que decir del Señor a los demás, cuando no siento la necesidad de comunicar mi gozo y mi alegría por su amor, he de pregnuntarme si es que no me he encontrado con el Señor ni he gustado su amor. Y ¿qué les diré entonces?, ¿sólo que he oído hablar de él? Si no les puedo decir, Señor, que “te he visto”, que “me has dicho”, ¿a qué les sonará mi mensaje? Muéstrame tu rostro, Señor; que experimente tu amor; sal a mi encuentro, “déjate ver”… Si no, mi mensaje no les sonará a verdadero. Y ellos necesitan saber que vives y les amas.
3. A los soldados que comunican a los sumos sacerdotes que el sepulcro está vacío, éstos los sobornan para que digan que sus discípulos robaron el cuerpo mientras ellos dormían. Lo que tanta alegría ha puesto en el corazón de las mujeres, en el de los dirigentes judíos pone inquietud. Pero lo que el sepulcro no logró ahogar, ¿lo ahogará la mentira? La mentira ha sido vencida. La luz de la Verdad, la fuerza del Amor, la Esperanza sembradas por el Nazareno nadie podrá apagarlas ya. Es un río que inundará el mundo entero y la historia de los hombres por siempre. ¿Por qué nosotros, débiles y pecadores, nos sentimos amados de Dios y perdonados y con esperanza en el corazón, a pesar de todo? ¿Por qué podemos amar y perdonar y entregarnos y ser comunicadores de esperanza? Porque el Amor, la Misericordia, el Perdón, la Esperanza y todo lo bueno y positivo que representaba y era Jesús, -y que los hombres quisieron enterrar con él en aquel sepulcro- ha sido puesto en pie de nuevo por el Padre. Porque el Señor ha resucitado y vive, y –como dijo Benedicto XVI en la homilía de la Vigilia Pascual- nos dice a cada uno: “He resucitado y ahora estoy siempre contigo... Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz.” Siendo así las cosas, Señor, ¿cómo no caminar con esperanza aun en medio de la tiniebla y del mal?
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.